Seres sintientes en los pupitres

OPINIÓN

Imagen de archivo de una escuela infantil
Imagen de archivo de una escuela infantil

25 ene 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Una de las modalidades singulares de la fatiga pandémica es la que experimenta la comunidad educativa cuando, cada 15 días si atendemos a la frecuencia reciente, tiene que analizar un nuevo protocolo sobre la aplicación de las medidas sanitarias en el ámbito escolar. Por suerte, al menos, las últimas revisiones apuntan a que se flexibilizan algunos aspectos del régimen de excepción que, por ejemplo, enviaba a casa durante días (más de siete, entre avisos, pruebas y resultados) a los críos por un positivo en la otra esquina del aula, pese a estar perpetuamente enmascarados a partir de los seis años; mientras, por poner un caso de tratamiento discriminatorio, los adultos asistían a un evento multitudinario con decenas de desconocidos en un espacio cerrado.

Bienvenidos sean, por lo tanto, aquellos cambios que persiguen dejar de tratar el ámbito educativo como campo de batalla con reglas más severas que otros espacios. Y es que, en efecto, convivir con una enfermedad extendida es asumir que, sin tener por qué comprar muchas papeletas para que te toque, puedes contagiarte; pero que, con un sistema sanitario robusto, vacunas y medicamentos (esos en cuya compra parece que vamos atrasados, por cierto), probablemente las consecuencias serán limitadas. Mucho menos, en todo caso, que el daño social causado por una perspectiva de restricciones e hipercontrol perpetuos.

Todavía falta, sin embargo, bastante para poner fin a los modos siniestros y para que la degradación de la vida educativa llegue a su fin en esta etapa oscura. Quizá eso suceda cuando toda la sociedad entienda de una vez que los niños no deben pedir perdón por acudir a clase ni porque los colegios mantengan su actividad, con Delta o con Ómicron, con incidencia baja o con ella disparada. Cuando dejemos de pensar que la flexibilidad de los niños les permite asumir cualquier cosa, incluso el maltrato institucional que es exigirles un listón de conducta más elevado que a los adultos.