Un sueño: Tanxugueiras va a Turín y gana

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Rocío Cibes

01 feb 2022 . Actualizado a las 09:23 h.

Me despierto. He tenido un sueño. Lo recuerdo perfectamente. Todavía no soy consciente de si soy reptil miembro de un jurado o humano, pero tengo clarísimo el sueño que acabo de vivir. Como solo sucede con los sueños hermosos, lo recuerdo todo. Para las pesadillas, ya tenemos la cutre realidad. Tanxugueiras gana en Benidorm y va a Turín representando el voto de los seres humanos, no el de los extraños códigos de los jurados.

Tanxugueiras es Terra y encendió con la lareira de sus corazones fuertes a todos los que las vieron actuar. No es un espectáculo más. Es una experiencia que te trasciende. En el dulce sueño, sin las aristas de un frío enero, ellas ganan y luego van a Turín y, por supuesto, también vencen en la bella ciudad italiana. Europa necesita a Tanxugueiras, más que ellas a Eurovisión. Ellas ya han ganado. Europa sigue en el laberinto médico de la pandemia y, harta de covid, de gestores nefastos, precisa una receta urgente de Foliada, Festa, gritar. Tiene sed de crecer, de salir.

Europa necesita que los únicos tambores de guerra que suenen sean los de estas pandeireteiras geniales que te aceleran el alma con sus ritmos ancestrales que vienen del inicio de los tiempos y que llegarán hasta el final de los tiempos. Tanxugueiras son auténticas. Originales. Y hasta tienen marca: lo que pasa es que la de ellas es la marca del alma, no la de los negocios que se cierran muchas veces por detrás. Es no entender nada que un jurado prefiera al enésimo producto latino que a una exhibición de fuerza, a una barbie del perreo frente a un grupo de mujeres, que son todas las mujeres.

En mi sueño, Tanxugueiras ganaba en Benidorm y en Turín, porque yo también estoy harto de perder. Tanxugueiras triunfaba para curar el dolor de la pandemia, para esa llamada a chillar, a reír, a danzar, a besar. La música no tiene idiomas. Solo habla el idioma del ritmo, y nadie lo hace como las meigas de Tanxugueiras. Por eso movilizaron a miles de seres corrientes que se dejaron sus euros para que las chicas ganaran. Los de siempre nos dejaron votar, soñar, pagar, para luego decidir ellos.

Fui regresando de mi sueño a la mañana del domingo. En Galicia seguía sin llover. La Voz decía que Tanxugueiras es el orgullo de Galicia. Pero añadía que el jurado las había tumbado. Había tumbado una vez más a la otra España. Volvían a ganar los de siempre, los que se asustan porque comemos pulpo y lo hacemos sobre un trozo de madera.

¿Y mi sueño? Busqué con esa mano que le duele al manco el corazón y no lo encontré. Se me fue la lengua al hueco que te deja esa muela que te quitaron y que todavía crees que sigue ahí: y el grito de Tanxugueiras tampoco estaba. Quise volver al cloroformo del sueño, huir de estos tipos que siempre nos estropean todo. En fin, evadirme en las justas victorias de Benidorm y Turín, y mis hijos entraron tristes en la habitación al grito desgarrador de tongo esnaquizando el grito de energía de «ai laralalá».