Una democracia desafinada

OPINIÓN

benito ordoñez

03 feb 2022 . Actualizado a las 09:22 h.

Un piano afinado no garantiza conciertos memorables, porque si se pone al servicio de grandes intérpretes dará resultados excelentes, y si lo tocan intérpretes mediocres solo suscitará silbidos y pataleos. Pero un piano desafinado siempre dará malos resultados, porque no hay ningún intérprete capaz de superar los defectos del instrumento. Y lo mismo sucede con el sistema democrático, que, si está afinado puede darnos algunos días de satisfacción y optimismo, pero si desafina, solo puede llevarnos a la indignación y al fracaso.

Cuando Abraham Lincoln definió la democracia como «el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo», en el discurso de Gettysburg, estaba adoptando las claves del párrafo anterior, al señalar que la finalidad esencial de la democracia es gobernar, y que, si esa obligación se disipa entre los regateos y pillerías del poder, su resultado solo puede generar insatisfacción, con independencia de que el Gobierno esté integrado por los mejores o los peores políticos de la nación. Cuando los parlamentos no consiguen dar sustento y estabilidad a los gobiernos, los políticos se entregan al cortoplacismo, y solo queda garantizada la desafección y la competición estéril entre los distintos poderes e instituciones del Estado.

Los grandes teóricos de la democracia de posguerra, como Dahl y Lijphart, insistieron en que una democracia que no fuese gobernable tampoco sería democracia. Y, en esa misma línea se había instalado Montesquieu cuando dijo que los tres poderes del Estado —legislativo, ejecutivo y judicial— tienen que mantener su separación y equilibrio, para ser independientes, ejercer sus competencias y controlar el desarrollo general del sistema, ya que la prevalencia clara de un poder sobre los otros abre la puerta al autoritarismo.

España sufre hoy una enorme liquidez sistémica, que ha servido para que un Parlamento fragmentado e incapaz de formar mayorías estables, debilite de tal forma la acción del Legislativo que, en la práctica ha quedado reducido a la ratificación de los decretos-ley del Gobierno, y a estar condicionado para hacerlo mientras se le niega con absoluta contundencia la posibilidad de parlar (esencia del parlamento) sobre la norma en cuestión. También el poder judicial, que en esta pugna de intereses funciona como un eminente contradictor del Gobierno, acaba incitando al Ejecutivo a presentarse ante los ciudadanos como un poder preeminente al que nadie puede controlar.

El resultado es un desbarajuste en el que la mayoría de investidura se rompe en procesos críticos, para ser sustituida por mayorías ocasionales en las que muchos diputados votan que sí mientras explican su discordancia con lo que votan y su distancia con el Ejecutivo. Por eso la política deriva en cortoplacismo y pillería. Porque la idea de gobernar se ha devaluado, para ser sustituida por el tacticismo y el chalaneo continuo. Y así caminamos, a grandes zancadas, hacia una democracia líquida, que es un derroche que no nos podemos permitir.