A seis días de las elecciones en Castilla y León, ¿qué dicen las encuestas? Exceptuamos la del CIS, la única que vaticina una victoria del PSOE. Las demás indican que el PP se está desinflando —su estimación de voto cayó cinco puntos en un mes, según GAD3— y que necesitará el apoyo de la extrema derecha para seguir gobernando. Ese resultado supondría un rudo golpe para Fernández Mañueco. El presidente de la comunidad, quien acaba de descubrir que las coaliciones generan «inestabilidad e incertidumbre», cambiaría de socio: Vox en vez de Ciudadanos. Un trueque indeseado e indeseable. Pero el principal damnificado sería Pablo Casado. Toda su estrategia de acceso a la Moncloa, con Madrid en el recuerdo y Andalucía en el horizonte, se iría a hacer puñetas. El tropezón lo colocaría al pie de los caballos y no resulta descabellado pensar, como sugiere el desairado candidato de Ciudadanos, que alguien esté cavando su tumba. Tal vez en Mataleón de los Oteros, su pueblo paterno, donde los vecinos desayunaban sopas de ajo y bebían vino a falta de agua.
Las elecciones fueron anticipadas a su mayor gloria. Había que aprovechar la coyuntura favorable, repetir el paseo militar de Ayuso, engullir las sobras de Ciudadanos y llevar en andas al líder hacia la Moncloa. Previo paso, tercera etapa del ciclo electoral, por Andalucía. Las perspectivas eran halagüeñas, pero las cosas comenzaron a torcerse desde el primer día. Primero, porque el líder se inventó conflictos que se diluyeron en agua de borrajas. Se atrincheró en granjas y rediles de ovejas para combatir en la guerra de la carne y solo logró que mejorasen las expectativas electorales de Vox y de Unidas Podemos. Tal vez arrepentido, se hizo vegetariano y ahora repudia los ataques a la remolacha y al venenoso azúcar. Segundo, intentó exportar su negacionismo —algo de eso le achacó Aznar— a los campos de Castilla. Como su oposición a la reforma laboral: donde el líder solo ve un «pucherazo», y otros ven a dos tránsfugas, un diputado que no sabe votar y una presidenta que no sabe sumar, muchos otros solo guardamos en la retina la entusiasta y obscena celebración por el PP de lo que parecía una derrota de trabajadores y empresarios. ¿Qué vieron los electores castellano-leoneses? Y tercero, en unas elecciones convocadas en clave nacional, todo indica —véase la pujante irrupción de partidos provinciales— que los castellano-leoneses están empeñados en votar en clave local.
Llegado a este punto, ya me parece oír la voz de mi objetor habitual: Déjese de elucubraciones y castillos en el aire, y espere a ver lo que sucede el domingo.
El domingo, estimado interlocutor, ciertamente puede haber sorpresa. De dos tipos. Si el PP roza o alcanza la mayoría absoluta, yo me tragaré este artículo, devolveré la honra a Casado y los gurús demoscópicos se comerán sus encuestas con patatas. Pero si el CIS acierta y el tándem PP-Vox no alcanza la mayoría, solo corregiré una palabra: donde dije tropezón, póngase descalabro fatal. Hasta entonces.
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