Las mujeres del campo: protagonistas del cambio

OPINIÓN

Rosario de Acuña
Rosario de Acuña Real Academia de la Historia

16 feb 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Si nos atenemos a los dos elementos principales que estructuran el heterogéneo movimiento ideológico que denominamos «regeneracionismo» (a saber: diagnóstico de decadencia y prescripción de un tratamiento para su restablecimiento), bien podremos concluir que años antes de que el escenario patrio quedara impregnado por la atmósfera de pesimismo colectivo que insuflaba la crisis finisecular, sin esperar a que el Desastre hiciera aflorar lamentos varios y algún que otro propósito de enmienda, ya hubo regeneracionistas en España, ya hubo quienes alertaron del atraso del país, quienes propusieron vías para atajar los males de la patria. Tal es el caso de Rosario de Acuña, de quien bien se podría decir que fue regeneracionista durante buena parte de su vida; luego, ya en la vejez y quizás un tanto desalentada, fue abriendo su esperanza a remedios más radicales y profundos.

En los inicios de la década de los ochenta, apenas cumplida la treintena, su vida da un brusco giro. Rosario y Rafael abandonan Zaragoza, ciudad en la que la joven pareja se había establecido poco después de su boda, y se instalan en una quinta campestre a las afueras de Pinto, una localidad situada al sur de la provincia de Madrid que por entonces no alcanza los dos mil habitantes. Ha pasado casi cuatro años fuera de su ciudad natal y durante ese tiempo las cosas no debieron resultar tal como se había imaginado. Por lo que sucedió después, por lo que escribió por entonces, bien pudiera pensarse que la imagen que tenía de su querida España se estaba resquebrajando. La ensoñada visión de su patria, aprendida con afán en las paternas narraciones y las lecturas propias, se tambalea cuando tropieza de lleno con las insanas vanidades que se gastan sus compatriotas, cuando la acaramelada existencia aburguesada en que ha vivido se da de bruces contra la «asfixia moral y física» en que están sumidas las aglomeraciones urbanas.

La única alternativa que encontró entonces fue la de recluirse en el campo, al abrigo de la Naturaleza. Con ese objetivo en mente se hace construir una vivienda en las afueras de la pequeña localidad madrileña a la que se ha trasladado. La llama Villa-Nueva y pretende convertirla en una unidad de producción autosuficiente, con palomar, gallinero y establo para dos caballos fuertes y mansos (compañeros indispensables en sus expediciones por los caminos de la vieja España), una cuidada huerta, un maizal, variedad de frutales y plantas de todas clases... Ilusionada con aquel prometedor futuro que se abre de nuevo en su vida, recuperado su ánimo por efecto de los salutíferos aires campestres, convencida de la importancia que para la regeneración del país representa la vida en el campo, pretende convertir a las mujeres en protagonistas del cambio que vislumbra. Quiere esparcir la simiente regeneradora en terreno apropiado: en el de la mujer sensata, con cierta preparación, abierta a las ideas razonables que puedan mejorar la vida de los suyos. Nada mejor para ello que una revista dirigida a las que se muestran interesadas por las últimas novedades en todo aquello que atañe a la moda y al hogar, a su vida y a la de su familia. En el ejemplar de la revista El Correo de la Moda publicado el 11 de marzo de 1882 se presenta a sus lectoras, desde una sección que ha dado en llamar En el campo.