Biden tiene sobre su escritorio dos guerras: la de Ucrania y la del PP madrileño. Tras reunirse con sus asesores en el despacho oval y recabar explicaciones de todas las agencias gubernamentales sobre ambos conflictos, ha logrado entender el primero pero no el segundo. Su larga experiencia le dicta que los partidos pueden ser nidos de víboras sin cascabel, si bien sus pugnas se acentúan en las derrotas y se calman con el bálsamo de las victorias. Gracias a los frecuentes despachos de la estación de la CIA en Madrid, sabe que la derecha iba viento en popa enlazando victorias frente a una izquierda que sobrevive. ¿Cómo se explica entonces el estruendoso estallido de las hostilidades?
La causa no está en la política sino en el teatro y el cine. Que no pida ayuda el presidente a sesudos politólogos ni a agudos analistas porque tal vez la solución del enigma se halla en uno de los móviles más frecuentes en platós y escenarios: los celos. Lo que hace Otelo con Desdémona es lo mismo que impulsa a Casado, soltero de poder, a acabar con Ayuso. Por detrás, las insidias corren a cargo de Yago en la obra de Shakespeare, y de Garcia Egea en el drama de los populares. Lo que sucede en las aguas turbulentas del Manzanares es la misma trama de Milos Forman en su Amadeus: Salieri carcomido por la envidia hacia un discípulo genial llamado Mozart cuyo virtuosismo no puede alcanzar.
He ahí las consecuencias de haber encumbrado a un líder precario. No solo recela de todo aquel que descuelle a su alrededor, sino que tiene prisa. El mejor indicio de que un dirigente se siente frágil es que considera que el tiempo es su enemigo. Se apresura, se atropella, quiere quemar etapas y apartar enseguida a los posibles rivales. Con Ayuso pasa de pegarse a ella en la noche triunfal de las autonómicas para compartir los aplausos, a hacer vudú con su figura mediante todo tipo de tretas. El único que queda al margen de las intrigas del Otelo popular es Feijoo; en Galicia sus celos no tienen cobertura.
No es la única guerra civil que desgarra al PP, le explican a Biden. En realidad los populares madrileños han oscilado entre guerras frías y calientes, sin llegar nunca a una paz duradera. La diferencia es que en las crisis anteriores había un santón en la retaguardia que salía de su retiro y ponía orden en la guardería, como hicieron Fraga y Aznar. Rajoy, mire usted, no cumple ese papel y de ahí que el presidente norteamericano no sepa a quien llamar para que, sin el envío de tropas, cesen las hostilidades en Madrid y pueda centrarse como es debido en Moscú y Kiev. Entre sus asesores no falta quien le señale al gobernador del estado de Galicia como única solución. ¿Galitzia? ¿Eso no está entre Polonia y Ucrania? Se lo aclaran y todo indica que intentará hablar con él durante estos días. A ver.
Los Ulises que no vuelven
En la cantiga que se conserva del trovador medieval Meendiño ya se refleja la ambivalencia del mar. A la altura de las isla de San Simón, la rapaza espera que llegue el amigo a través del océano y al tiempo se queja de su ferocidad diciendo: «Cercáronme as ondas, qué grandes son». Es un poema premonitorio que anticipa todas las futuras Penélopes gallegas que a lo largo de los siglos aguardarán el retorno de sus Ulises, imaginando también las olas grandes que en cualquier momento se los pueden arrebatar. Galicia y el mar: una relación grata e ingrata al mismo tiempo. Somos un país atracado y a punto de zarpar que tiene en el mar «ese camiño», en palabras de otro juglar llamado Celso Emilio. Nos nutre, nos propone una vía para alcanzar la libertad nos hace creer que el Atlántico es nuestro Mare Nostrum, pero también cobra un tributo cruel ante al que sólo cabe llorar. Frente estas tragedias para las que no cabe imaginar algo que pudiera haberlas evitado, lo ingleses hablan de Act of God para comprender lo incomprensible.
Agolada, una pequeña Suiza
Con una modestia que le honra el alcalde de Agolada confiesa no saber si llegará a presidir la Xunta. Anticorrupción y Justicia, su partido, quedó en décimo lugar en las ultimas autonómicas, pero quizá porque no tuvo tiempo a divulgar el modelo que se esconde bajo su emblema: una hogaza partida de pan, con unas sutiles migas en el medio. El modelo es Suiza. Allí vivió y quedó prendado de su sistema político que, de momento sólo ha podido trasladar a Agolada. Una de las peculiaridades helvéticas que explica en la entrevista de La Voz es que los cargos públicos van identificados por la calle, una costumbre que Luis Calvo ha copiado y que tal vez traslade a la Xunta cuando llegue al poder. Sería una forma de paliar la brecha digital de la que tanto se habla. El cargo llevaría un chaleco con su nombre y el administrado podría presentarle en cualquier momento del día o de la noche una instancia, solicitud o recurso in situ, sin necesidad de un procedimiento presencial o telemático. Mayor agilidad administrativa, imposible.
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