Quizá el más enrevesado, oscuro, agudo y genial escritor español sea Juan Benet. En la página 16 de su obra En la penumbra lanzó este certero dardo: «¿quién puede presumir de atender en todo momento a las exigencias y demandas de la razón». La razón acuciante hoy, la que se debe de desplegar sin coerciones morales, la que es imperativa, justamente, es parar al invasor.
La paz está en el sensato, pero el problema del sensato es que no es un pusilánime ni un demagogo, lo que implica gritar sí a la guerra y sí a la OTAN. En pasiva, la pasividad de los pacifistas es una insensatez. Ser un insensato es una forma de ser como lo es ser, por ejemplo, un cretino: no tiene ninguna importancia. Sin embargo, la cuestión cambia cuando la insensatez daña a otros.
Como portavoces (portavozas según una de ellas) principales de los pacifistas españoles son Irene Montero e Ione Belarra, que ya deberían haber dimitido de un Ejecutivo belicista, aducen que enviar armas de Ucrania no ayuda a la paz.
Tener principios es saludable. No adaptarlos al horror es miserable. Iones Belarra e Irene Montero, en Rusia, ya estarían acalladas, sin importarle un bledo que se dé armas al enemigo (es la sinrazón que esgrimen los amantes de la paz eterna: no provocar), porque el presidente del Estado-terror no se conformará con Ucrania.
Septuagenario y, además, colmado de riquezas, qué le importa a él «jugar» a la guerra para restablecer la Gran Patria Rusa, una amalgama de pueblos eslavos que ocuparon un territorio en la Edad Media y, poco después, se fueron desuniendo, hasta que la Rusia de Moscú empezó a ocupar y avasallar tierras y hombres limítrofes, y más adelante, medio continente asiático, en el marco de un imperialismo sangrante.
Sangrante fueron asimismo los bombardeos ordenados por Putin que arrasaron Grozni (Chechenia) y Alepo (Siria), dejando miles de víctimas. Exactamente lo mismo que está haciendo ahora con Ucrania. Es decir, ¿cómo se puede ser pacifista ante una alimaña que está devorando con voracidad a los ucranianos? ¿Qué postura adoptarían los bienaventurados pacifistas españoles si el matón viniera a por ellos? ¿Acaso Montero y Belarra no tratarían de defender a sus familias con las armas de que dispusieran? ¿Saldrían al encuentro de los tanques con ramos de flores? ¿Qué dirían estas singulares Alicias de empezar Rusia una guerra nuclear, que cada vez es más probable? Finalmente, ¿qué posición hubieran adoptado ante la agresión de los fascistas españoles de 1936 o la nazi de 1939? Porque fueron precisamente los comunistas (Yolanda Díaz es hoy el paradigma de aquel pasado), entre otros, quienes se vieron obligados a defender la democracia y la libertad. O sea, la paz. La paz, entre los hombres, en el límite, se alcanza mediante la guerra. Lo demás es no tener conocimientos de Antropología y de Historia, por no citar también otras ciencias.
Ante las acciones de un déspota que ha hecho de Rusia una cleptocracia, una comunidad de mafiosos, ante un déspota que arremete con ira contra todo atisbo de democracia (en su punto de mira, la UE, apoyando a su extrema derecha y a los nacionalismos xenófobos) para implantar regímenes totalitarios, Putin ha de ser combatido sin miramientos.
(Platón: «Ya todo lo hemos visto en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer»).
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