Las últimas encuestas de intención de voto, publicadas ayer, dicen tres cosas: 1) Que el Partido Socialista sigue siendo el más votado. 2) Que Vox sigue subiendo, quizá por la última crisis del Partido Popular. Y 3) Que Unidas Podemos sigue perdiendo asistencias. Estas mediciones de voto tienen poco valor porque faltan casi dos años para las elecciones, pero significan algo por su coincidencia con dos acontecimientos políticos recientes: la transición del PP hacia el liderazgo de Alberto Núñez Feijoo y la rebelión en la granja del Gobierno, que una vez más han protagonizado dos ministras de Podemos, Ione Belarra e Irene Montero.
Por las fechas en que se efectuó el trabajo de campo, el efecto Feijoo todavía no aparece reflejado, con lo cual al PP todavía le toca pagar el precio de la crisis que desembocó en la salida de Pablo Casado y Teodoro García Egea. Lo de las ministras de Podemos ocupó ayer la atención informativa, porque es una grave sacudida a la coalición de Gobierno. La señora Belarra llevó la discrepancia con el Partido Socialista a incluirlo entre los «partidos de la guerra». La señora Montero habló del mismo asunto, lo llevará hoy a las manifestaciones del Día de la Mujer y defendió la posición de Podemos «cueste lo que cueste». El coste al que se refiere es, naturalmente, la ruptura de la coalición. Están jugando con fuego, con lo cual la pregunta es por qué tientan tanto al diablo.
Mi teoría se basa precisamente en lo que llevan tiempo diciendo las encuestas: Podemos es un partido en lenta, pero continua decadencia, quizá porque no tenga resuelto el problema del liderazgo, quizá porque el PSOE le quita visibilidad en las tareas de Gobierno. De seguir así, puede llegar a ser una fuerza política testimonial, como le ocurrió a Ciudadanos. Podría incluso desaparecer, porque la encuesta de El País dice que el PSOE se percibe como el ocupante de casi toda la franja izquierda del mapa político.
La opción de Ione Belarra como secretaria general de Podemos es resignarse a morir por inanición o intentar la supervivencia con una demostración de ideario propio distinto del socialista, pelea por el voto femenino, fidelidad con los herederos del «no a la guerra», mayor agresividad ante los grandes asuntos públicos e incluso una imagen de desapego del poder, que estaría en el «cueste lo que cueste» de Irene Montero. El momento de hacerlo es ahora, cuando Yolanda Díaz se dispone a iniciar la campaña de escucha y recogida de adhesiones para su proyecto, y, sobre todo, cuando se aproximan las elecciones y se requiere afianzar una identidad propia y diferenciada del sanchismo. Riesgo para Pedro Sánchez: que decida seguir y se le rompa la mayoría de la investidura. Ventaja para Pedro Sánchez: que decida convocar las elecciones cuando acabe la guerra y se coma a Belarra, Montero y toda su estrategia electoral.
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