Iglesia y abusos en tiempos de guerra

OPINIÓN

El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes
El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes Eloy Alonso

12 mar 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Clarín filtraba su acidez con la Iglesia en los soliloquios del Magistral de la Catedral: «Yo soy un hombre que ha aprendido a decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores débiles; y cuatro palabras de terror a los pobres de espíritu fanatizados; yo soy de miel con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido; el señuelo es de azúcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de acíbar». La Iglesia siempre cultivó dos emociones negativas en los creyentes: el miedo y la culpa. La miel es la vida eterna. La hiel es vivir con culpa y miedo.

El creyente siempre es indigno y pecador. No vale que la culpa sea matar o robar, porque es fácil vivir sin matar ni robar y, por tanto, es fácil sentirse digno. La única forma de sentirse indigno es que el vicio esté asociado a la naturaleza propia, a lo que le acompaña a uno sin remedio. El sujeto solo puede creerse pecador si la virtud consiste en una lucha contra sí mismo que no puede vencer. Por eso la Iglesia predica tabús relacionados con las inclinaciones naturales del cuerpo y con especial énfasis las que tienen que ver con el sexo y sus aledaños.

Por su parte, el miedo no es solo por el castigo eterno, sino por esta vida en la que somos todos los días culpables. Los mensajes de la Iglesia son oscuros e hiperbólicos, siempre anuncian calamidades inminentes. Hablan de disolución de la persona, de la muerte a la familia, campos de exterminio de bebés, zozobra del ser humano. Siempre es un momento tenebroso, en el que está a punto de culminar alguna maldad máxima. No son reformas laborales, ni un paro desbocado, ni cifras de mujeres muertas, ni brotes racistas lo que motiva estos augurios sombríos. Siempre son leyes sobre la homosexualidad, el aborto, derechos de la mujer, uso de células madre o similares.