El odio es un productor de palabras que fatigan, que terminan con la cordura de uno. Vivimos unos momentos trágicos en los que todo es ruido. No hay discusiones inteligentes. Hay bandos y bandas. Estamos superados y contagiados por los decibelios brutos de un lenguaje de guerra. Nadie tiende puentes. Demasiado arisco. Así es que ha sido una agradable sorpresa que, premio a premio, se vayan consolidando dos candidaturas para los Óscar. Dos películas en las que apenas se habla. En la que solo se dice lo justo. Sus guiones se podrían teclear en apenas unos folios. Nada de pantallas y pantallas de redes sociales saturadas de insultos, de exceso de testosterona. Los dos filmes son El poder del perro, de la directora Jane Campion (la genial autora de El Piano) y Drive My Car, del japonés Hagamuchi (un autor increíble que ha filmado una obra maestra que dura tres horas, pero que podría durar cuatro sin problema).
Los dos lo han hecho con una sanadora economía del discurso. Estamos hartos de discursos vacíos, de las cáscaras de las letras vacías. En El poder del perro se utiliza la técnica del iceberg. Asoma una punta de un grupo de corazones apasionados y envenenados. La trama se va desarrollando sin aspavientos, como quien cree que se está poniendo al cuello una corbata que es, en realidad, una soga. Nada es lo que parece en El poder del perro, justo lo que sucede en la vida. En la vida, nada es nunca lo que parece, aunque ahora estemos casi todos empeñados en dar lecciones sobre cualquier cosa en cualquier esquina. Lo más fascinante de la naturaleza humana es que es imposible de traducir.
Y así es que solo lo consiguen las obras maestras como El poder del perro o Drive My Car. La japonesa, que dicen ganará el premio a mejor película extranjera, es un alarde de cómo se mastica el dolor en silencio, con los ojos secos. De cómo las intimidades se discuten de la forma más cruel, con uno mismo o con una víctima parecida. Encima la trama de Drive My Car tiene como fondo la obra de teatro de Chéjov, Tío Vania, que algo sabía de escribir palabra a palabra, como si se utilizase un cuentagotas a modo de cuentapalabras.
La sobriedad de ambas películas contrasta con estos tiempos caóticos en los que triunfa el histrionismo que trae más confusión. Dicen que CODA y Belfast pueden competir con Campion y Hamaguchi. Lo dudo. CODA, que va sobre los hijos de padres sordos, es una adaptación de la francesa La familia Bélier. Es emotiva y bienintencionada, como Belfast, donde Kenneth Branagh nos coloca su infancia en los sesenta del Úlster con un exceso de buenos sentimientos y de abuelos estupendos. Belfast se deja ver, pero no pasa de peliculita al lado de El poder del perro y de Drive My Car.
Las dos hay que verlas en el cine, a oscuras, en silencio y, por favor, sin tocar el resplandor dañino del móvil. Solo así les empaparán de vida y harán el viaje completo.
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