En 48 horas, las manos de Pedro Sánchez visitaron el Elíseo, se posaron, dos, tres, cuatro veces, en la espalda de Macron, escribieron una carta al rey de Marruecos, se fundieron con las del primer ministro belga y las de Von der Leyen, tocaron varias veces, solo ellas saben cuántas, la escalerilla del Falcon, y se supone que en el ínterin cogieron alguna cuchara, cuchillo y tenedor, algún pomo de una puerta, pañuelos y toallas, el móvil, y puede que algún libro, seguramente un Manual de resistencia bastante subrayado. Son días frenéticos para las manos del estadista, que se intuyen cuidadas, con las uñas en el tamaño justo, ni recortadas con los dientes ni muy largas. Haya o no algo de manicura profesional detrás, es obvio que su propietario las tiene en buena estima. Pero a este dominador del arte de echar balones fuera no le va a temblar el pulso para culparlas, «¡mimadas, ingratas!», de que el paro del transporte, y de paso el país entero, se le esté yendo de las manos.
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