La mañana del miércoles 30 de diciembre de 2020, festividad de la Traslación del Apóstol Santiago, estuve en la catedral de Santiago de Compostela, asistiendo a las llamadas Procesión y Misa Estacional conmemorándose el milagroso y largo viaje del Apóstol desde Jaffa, hoy Israel, a Iria Flavia. En Religión Digital.org puede leerse mi crónica de esa fecha, titulada Santiago y su imponente caballo, una de las muchas caras del Apóstol, y pueden verse fotografías del acto.
En un marco excepcional, pues aquella mañana tuvo lugar la reapertura de la basílica-catedral tras una profunda rehabilitación, y celebrándose al día siguiente, el 31 de diciembre, el inicio del Año Santo Xacobeo del 2021, se pudieron escuchar el mismo día 30, en un fascinante episodio de Teología-política, la Invocación-Ofrenda a Santiago Apóstol, pronunciada por el Delegado regio, Núñez Feijoo, y la Homilía-respuesta del Arzobispo de Santiago. El Rey estuvo presente (en el templo de San Martín Pinario) en la primera Ofrenda de 25 de julio de 2020, sorprendentemente, pues no era Año Santo, y volverá a estarlo el 25 de julio de 2021, ya en la catedral.
Llamó la atención que el entonces Delegado Regio, Núñez Feijoo, hoy ya casi presidente del Partido Popular, en su Invocación-Ofrenda al Santo Apóstol, hubiese cometido dos errores: el primero, referir que la catedral fue «reinaugurada hace pocos días», que así llamó a lo que fueron obras de profunda rehabilitación como destacó el Arzobispo. El otro error, mucha más grave, por estar dicho por el representante del Rey de España, fue decir -después de la referencia al imprescindible papel unificador de la Corona de España, reconocido por la Constitución como Monarquía Parlamentaria- que esta institución constitucional, «refrendada por el pueblo que encarna la permanencia y armonía de la Nación…».
Ya es asombroso ese peculiar acto de diálogo teológico-político, consistente en que el Rey de España, sin confesión religiosa por imperativo constitucional, por sí o por representante, se dirija a un Santo y que éste responda por boca de un Obispo. España no es como el Principado de Mónaco, confesionalmente católico, aunque éste, hace 40 años haya renunciado ya al derecho de presentación de Obispos, que no es el caso de España para el nombramiento del arzobispo castrense (hace un par de meses, Pedro Sánchez, el de las mil caras y desenterrador de Franco, firmó el refrendo real a la presentación al papa del nuevo vicario castrense, al amparo de un Acuerdo Iglesia-Estado de 1976).
Y si el Delegado Regio es delegado y/o representante del Rey, cabe preguntarse: ¿cómo es posible en la estricta y universal doctrina de la representación jurídica que el representante diga lo que no puede decir el representado? ¿Quién es el representante regio para decir que su representado, el Rey, fue refrendado por el pueblo? Sin duda, que eso mismo, por prudencia, no lo pronunciaría el mismo Rey, extralimitándose el Delegado regio. Y es que aquello no es verdad. Pues en la larga historia de España, jamás, jamás, se preguntó al pueblo por su elección: si Monarquía o República. Y en la representación por el Delegado regio, en Santiago, es más una estricta representación de derecho privado que la política o de derecho público. Por cierto que destaco el libro Teoría constitucional y representación política de Andrea Greppi, editado por Marcial Pons, 2022.
En el Prólogo de José Antonio Escudero a los tres libros titulados El Rey, Historia de la Monarquía, se escribe: «Casi mil seiscientos años han transcurrido desde la aparición de la Monarquía en España, con el primer rey visigodo, Ataulfo, que se instaló en 415 en la provincia romana Tarraconense, y más de mil cuatrocientos desde que el Estado hispano/godo, con su rey Atanagildo (555-567), fijó la capital en Toledo. En ese milenio y medio, hasta el reinado en nuestro tiempo de Juan Carlos I se ha dado la ordinaria y más conocida Monarquía hereditaria, pero también hubo antes una Monarquía electiva con los visigodos…».
Durante ese largo tiempo -reitero- jamás se preguntó al pueblo español si prefería la Monarquía o República, no debiendo admitirse bajo ningún concepto, en mi opinión, que esa pregunta estuviere implícita en el referéndum para la ratificación de la Constitución de 1978, que se celebró el 6 de diciembre de 1978. Y eso no tiene nada que ver con lo siguiente, de Juan Pabño Fusi en su Historia de España: «El rey Juan Carlos y su círculo de asesores impulsaron la evolución hacia una monarquía constitucional y democrática, proceso que se aceleró con el nombramiento de Suárez como presidente del Gobierno en julio de 1976, tras la decepción que fue el periodo continuista de Arias Navarro entre noviembre de 1975 y julio de 1976».
Y cómo las cosas importantes, para mejor comunicación, han de ser breves, aquí quedo, dejando para otro día, eso tan importante y excepcional que es, dentro del principio monárquico, las abdicaciones e inviolabilidades del Rey, con el importante asunto del referendo, siendo sustituido el principio monárquico por el principio democrático. Y pregunto, además, ¿dónde quedó eso que un General y Secretario denominó el «poder moderador»? ¿Qué fue del llamado prestigio de la autoritas real?
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