Les Ballets Jazz de Montreal ofrecen en Oviedo «Dance Me», una coreografía exclusiva a partir de la poética musical del canadiense, en el primer día sin mascarilla en interiores
23 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.De exclusividades vive la danza; vaya que sí. Y la del pasado martes en el Teatro Campoamor fue una de esas ocasiones en las que las exclusividades brillan por sí solas en todos los sentidos: tanto las que están estupendas, y hacen por la obra, como las que sobran. Les Ballets Jazz de Montreal pusieron al público ovetense en pie con su «Dance Me» (Montreal, 2017), más que para festejar el ballet, que también, para festejar la poética de uno de los músicos más icónicos del último medio siglo, cuya obra es el 50 % (o quizá más, dependiendo del momento coreográfico) de lo expuesto en la segunda función de abono del Festival de Danza de Oviedo de 2022.
Con todas las localidades vendidas, la expectativa intacta ante una obra que tuvo que vérselas con la cancelación por la pandemia hace dos temporadas, y con el primer día sin mascarillas en interiores (gran parte del aforo la llevaba puesta), una de las mejores compañías canadienses de contemporáneo se presentó en el coliseo carbayón con una compostura coreográfica de tres grandes autores y 80 minutos de duración a la que le sobraba, al menos, un cuarto de hora. Y eso nada tiene que ver con la música de Cohen. Nada en absoluto. Ni tampoco con la factura técnica y ejecutoria de los de Montreal, que fue de sobresaliente.
¿Qué pasa cuando tenemos sobre el escenario una idea original, una dramaturgia (entiéndase aquí correlación escénica, no los recursos escenográficos al servicio de la idea) un tanto deficiente y tres buenos coreógrafos? Pasan muchas cosas: desde que se ven partes realmente buenas e impactantes en su composición, engarce corporal y buena realización, hasta que se dilatan en exceso, y sin necesidad alguna, determinadas transiciones (aquí, en varios pasos a dos) entre unas partes y otras, aparte de que se cambia de registro musical y, por tanto, de tiempo cronológico en el hacer poético del cantautor canadiense a lo largo de su trayectoria.
Pero una cosa es certificar los hitos musicales de Cohen a través del cuerpo de catorce magníficos bailarines en escena, y otra muy distinta forzar la cohesión coreográfica entre dieciséis canciones del intérprete de la mano de tres maestros, con la intención de plasmar, en cinco partes, los ciclos de la existencia. Hay varios momentos en que eso no solo no sale, si no que se agosta en un tiempo coreográfico monocorde, que está de cuerpo presente, pero no de cuerpo pensante; o sea, que hay más mecánica que obra.
Eso se deja traslucir en varios de los pasos a dos, que se hacen aburridos y además presentan un fraseo coreográfico contemporáneo repetitivo y viejo, salvo uno, al que luego me referiré. Y, después, hay secuencias que no empastan demasiado bien, y que no se deben incluir porque vengan a cuento o queden bien y se esté rindiendo tributo a Cohen: ese tipo de reiteración en los recursos desluce por agotamiento. Es decir, que lo que falla son, digámoslo así, los encabalgamientos; y es ahí donde el código literario (notación para el cuerpo bailado) tiene que dar el do de pecho para que todo fluya tan ponderado como bonito. Y luego está el hecho de amalgamar el quehacer de tres coreógrafos ?alguno de ellos en plena fase de inspiración, como es el caso del griego Andonis Foniadakis?, junto con los de Annabelle López Ochoa e Ihsan Rustem. Hay ocasiones en que la coreografía, sin ser una revista, pudiera parecerlo. (Cuestión que, por otra parte, dicho sea de paso, también tiene su buen mérito.)
Lo muy bueno
Sin embargo, como ocurre con cualquier obra que busca dentro de sí su propia intencionalidad artística, «Dance Me» tiene grandes momentos, bellos y magníficos en su totalidad: coreografía, ejecución y armadura para la lectura artística. El inicio de la obra, la apertura a escena del cuerpo a los acordes de Cohen, es magnífico: un encaje perfecto. Lo que se ve en esos primeros instantes (emblemático sombrero de por medido) es a Cohen dentro de Cohen; y cuando todo ello ocurre junto, la plástica corporal se vuelve música y la música se vuelve plástica corpórea. Y es ahí cuando todo, completamente todo, gusta.
El paso a dos que se distingue del resto, y que parece otro, es el que acontece con «Everybody knows»(1988), donde el dúo no solo está francamente bien, sino que la coreografía se hace novedosa, se apunta al clásico; la danza contemporánea es más fresca y nueva porque se sutiliza y estiliza al lado del ballet. Es decir, se hace bueno el movimiento por original, pero también por arquetípico, mientras crea una buena mixtura que llega de otra manera al público. Momentos de clásico bajo este mismo desarrollo y concepto se vieron en otras partes, con el elenco al completo. Fue el tiempo para el ballet clásico del revés: la cabeza en los pies y los pies en la cabeza; otra forma de ver lo humano. Y también hubo un enternecido momento con una pelota, que sirve para ponderar los recursos escenográficos y decir que fueron tan apropiados como bien insertos.
El tiempo para el estilo de la danza moderna llegó con «Nevermind» (2014). Una completa gozada. La danza moderna es un estilo que suele confundirse con muchas cosas, que casi nunca se sabe exactamente lo que es, pero que uno identifica muy rápido si se le dice que es algo parecido a la que bailaban los protagonistas de aquella vieja serie de televisión titulada «Fama». De buenos a muy buenos momentos coreográficos, llenos de vitalidad y de explosión, que van llevándonos hacia el final de la exposición, con la ilación de quien redondea un círculo y ve al propio cantautor alejándose al lado de su emblemático «Hallelujah» de 1984.
Ficha artística
Les Ballets Jazz de Montréal
Dance Me, 2017
Coreografía: Andonis Foniadakis, Annabelle Lopez Ochoa e Ihsan Rustem
Dramaturgia y puesta en escena: Eric Jean
Dirección musical: Martin León
Directora artística: Alexandra Damiani
Cuerpo de baile:
Bailarín principal: Yosmell Calderon
Elenco: Gustavo Barros, John Canfield, Diana Cedeño, Astrid Dangeard, Hannah Kate Galbraith, Shanna Irwin, Ausia Jones, Jordan Lang, Austin Lichty, Marcel Mejia, Andrew Mikhaiel, Sophia Shaw y Eden Solomon.
Diseño de luces: Cédric Delorme Bouchard y Simon Beetschen // Luminotecnia: Claude Plante
Creación de vídeo: HUB Studio // Vídeo: Rodéric Dyon
Producción de gira: Delta Danse
Teatro Campoamor, a las 20:00 horas del 20 de abril. Oviedo, 2022
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