En Gijón, desde El Musel a los Jardínes de la Reina

Ángel Aznárez
Ángel Aznárez VIVENCIAS DE ANTERIORES TIEMPOS

OPINIÓN

El Musel, en 1905
El Musel, en 1905 Autoridad Portuaria de Gijón

01 may 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

El buque, construido en uno de aquellos viejos astilleros de Gijón, matriculado en la Comandancia de Marina en el libro de la navegación de cabotaje, continuó ruta hasta ponerse en línea con el par de gigantes mojones, casi pegollos, situados en el prado de la casona de Rosario Acuña, dejando atrás las horribles vistas del feo Muro, los merenderos fashion y la escultórica «Madre del emigrante». Allí, donde la Rosario, concluyó la «prueba de la milla náutica». El capitán del buque, perito y funcionario, recibió la orden de la autoridad marítima y militar de girar y contragirar, poniendo la proa mirando al Musel para el atraque con cuerdas, nudos y maromas.                 

Los bandazos por las anteriores operaciones fueron tales que las autoridades e invitados, ya con el flotador de los naufragios a sus cuellos, muy congestionados por susto, se amontonaron en el puente de navegación, y tuvieron que ser tranquilizadas por el capitán. Éste salió al alerón, y en travesía de un lado a otro del  puente, por entre los humos de la chimenea del buque, aseguraba a voces, pidiendo tranquilidad, que tenía la garantía de la Virgen del Carmen, la bien llamada Nuestra Señora Náutica. El capitán, para más tranquilizar, mirando al cielo y con los brazos en cruz, cantaba: «Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen del Carmen y el Espíritu Santo». 

El viaje de vuelta, viéndose abajo lanchas de remos, fue como el de ida, tranquilo, sin la compañía de las gigantes serpientes marinas que todo lo tragan, distraídas, en los lejanos Mares del Sur, por el ruido de los alcatraces y de sus amoríos. Aquí, la fauna marina era la cantábrica, de pequeños tamaños, a base de sardinillas y mirlotos. Por el cielo nuboso volaban gaviotas de picos amarillos para tragar, gritonas y cagonas, enloquecidas y chifladas. En el barco, el canto del subalterno «serviola» inquietó, de nuevo, a los invitados, por gritar: ¡Barco por la amura de estribor! pero sólo, gracias a Dios, fue un susto, pues era la lancha que acercaba a los llamados “prácticos” y también a los «teóricos», y portuarios.