Hospital Quirón en Gijón. Un síntoma y una advertencia

OPINIÓN

La Plataforma Sanidad Pública de Asturias durante la concentración
La Plataforma Sanidad Pública de Asturias durante la concentración Podemos Xixón

14 may 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

En 1983 el Gobierno de Felipe González expropió el grupo RUMASA, por razones que ahora no importan. Era un grupo gigantesco, con bancos y empresas de todo tipo. De repente el estado era dueño de Loewe y tenía a su cargo la campaña de primavera para bolsos, zapatos y vestidos de hombre y mujer. Aquello había que privatizarlo. No es que los gestores públicos fuesen perversos. Es que el estado no es eficiente para diseñar moda de zapatos y bolsos. A la gestión privada le pasa lo mismo. Es ineficiente y hasta absurda para algunas cosas. Si hay hambre en los suburbios de una ciudad, es evidente que no se va a corregir abriendo muchos restaurantes. Habrá más sitios donde comer, pero los restaurantes no van a quitar el hambre de los más débiles. El lucro jamás corrige la desigualdad ni vertebra derechos de la población. No es que los dueños de los restaurantes sean mala gente. Es que el ánimo de lucro es un motor virtuoso para unas cosas, pero para otras es tan ineficiente como el estado diseñando bolsos de temporada.

El grupo Quirón, perteneciente al monstruo Fresenius, aterriza en Gijón construyendo un hospital privado. La derecha vive sin vivir en sí de tan alta vida que espera; el PSOE se dice que es legal y que por qué no, que es inversión y crea puestos de trabajo; y la izquierda tendrá que hilar fino para no salir del episodio con lo de entréme donde no supe y quedéme no sabiendo. Hay que entender que a plazo inmediato la privatización de la sanidad no supone ningún problema para la población. A plazo inmediato hay una inversión de 40 millones y 300 puestos de trabajo. Habrá más plazas hospitalarias y, siempre a plazo inmediato, estaremos igual en un hospital público que en uno privado con el que se haya concertado nuestra operación de apendicitis. La izquierda señala que la sanidad pública anda corta de plantilla y ahora habrá un hospital privado que le absorberá parte de la que tiene. Los vecinos tienen dudas sobre el efecto urbanístico en el barrio. Seguro que todos esos problemas existen, pero no son el núcleo de la cuestión. A plazo inmediato, en Gijón, en Madrid o en cualquier sitio, la privatización de la sanidad no le supone a la gente peor atención ni más dinero. Ni tampoco te cobran el primer chute de heroína.

El problema de la inversión de Quirón es lo que tiene de síntoma y de tendencia. El grupo invierte por lo que se invierte siempre, porque hay expectativa de ganancia.  Para entender qué hay de malo en eso, debemos recordar los tres horrores por los que el ultraliberalismo, es decir, las oligarquías, odian al estado y lo público. En primer lugar, el estado es una red de servicios que implementan nuestros derechos. Los derechos de la población son cesiones que los poderosos tienen que hacer de su posición de ventaja y eso no les gusta. En segundo lugar, los derechos reconocidos se hacen efectivos en servicios públicos que los gestionan y esos servicios cuestan dinero. Por eso hay impuestos, los derechos no son gratis. Y los ricos no quieren pagar impuestos. Y, en tercer lugar, ese conjunto de servicios financiados por el estado impide que se pueda hacer negocio con nuestras necesidades básicas. Por eso es un mal síntoma la inversión de Quirón. El dinero se mueve a la sanidad porque se percibe que se puede hacer negocio con esa necesidad básica de la población. Es decir, se percibe que los gobiernos desatienden el derecho que nos reconocen las leyes a la salud y que lo desatenderán cada vez más. Esa es la consecuencia natural de que las grandes fortunas y las grandes empresas cada vez paguen menos impuestos; se desnutren los servicios públicos y los derechos que expresan las leyes se quedan en el papel en el que se escriben las leyes.