El rey emérito. La transparencia y el cinismo de los tiempos

OPINIÓN

El Rey emérito Juan Carlos I a su llegada a la vivienda de su amigo, Pedro Campos, el 19 de mayo de 2022, en Sanxenxo, Pontevedra, Galicia.
El Rey emérito Juan Carlos I a su llegada a la vivienda de su amigo, Pedro Campos, el 19 de mayo de 2022, en Sanxenxo, Pontevedra, Galicia. Álvaro BallesterosEuropa Pre | EUROPAPRESS

21 may 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

«¿Por qué no se me ocurriría a mí?», debe estar pensando Isabel II. En 1977 celebraba su 25 aniversario en el trono del Reino Unido y los Sex Pistols hicieron la gamberrada de promocionar su vitriolo antimonárquico God Save The Queen tocándolo a todo voltaje en un barco sobre el Támesis, justo al lado de la celebración. Se recordó más la fecha por los Sex Pistols que por su reinado. Juan Carlos I decidió invertir los papeles y que ahora el punk fuera la monarquía. Ahora será la monarquía la que haga el gamberro, en la ría y no en el río, haciendo una regata y no tocando rock. Pero la esencia es parecida: provocación desde un barco, mientras los acólitos, transidos de fe, rugen burlas a los escandalizados. En el caso de los Sex Pistols no había ley que lo impidiera. En el caso del Emérito no hay ley que se le pueda aplicar. Los Sex Pistols sacaron provecho de las leyes que nos protegen a todos de algunos. El Rey saca provecho de las leyes que nos dejan indefensos a todos ante algunos. Seguro que a Isabel II le da rabia no haber pensado ella lo del barco.

Muchas veces el diccionario diferencia con palabras distintas el grado en que una cualidad es virtud y el grado en que la misma cualidad es vicio. La transparencia es una virtud, pero si la exageramos deja de ser transparencia y se hace indiscreción, y eso ya es un vicio. La coherencia la sentimos como una virtud, pero en un grado más intenso la coherencia se convierte en obcecación, otro vicio. La firmeza es otra virtud, pero si la intensificamos nos damos de bruces con el sectarismo, que vuelve a ser un vicio. La Iglesia y la monarquía son coágulos que quedan de tiempos viejos, de cuando no se había inventado la democracia y ni siquiera los estados. La Iglesia permanece, supuestamente separada del estado. La monarquía también permanece, supuestamente como jefatura del estado simbólica, es decir, de mentira, como una tradición ornamental. Las dos instituciones tienen una relación confusa con el funcionamiento del estado, las dos bordean la democracia con privilegios e influencias anacrónicas y las dos son cargas poco claras para las arcas públicas. Y las dos son opacas, a las dos se les reclama transparencia.

La transparencia es de esas virtudes que, cuando se exageran, se hacen vicios. Un hilo lleva la transparencia a la indiscreción, como dijimos. Y otro hilo lleva la transparencia al cinismo y en el límite a la provocación. El cinismo no es la hipocresía. El hipócrita es un mentiroso que quiebra las normas que dice seguir y que pregona para los demás. El cínico no miente, es transparente. Exhibe con indiferencia el desprecio a las normas de los demás. Ni la Iglesia, por lo de Galileo, ni Isabel II, por lo de Alan Turing, tienen dolor de los pecados ni propósito de enmienda. La Iglesia pidió perdón por Galileo, y  eso fue hipócrita. Pero Isabel II no pidió perdón, sino que perdonó ella a Turing; eso fue cínico. Todos agradecemos que la gente se reserve un grado de opacidad, que contenga en nuestra presencia alguna de las cosas que haría a solas y que no sea totalmente franca con las cosas de nosotros que le aburren. El cínico es demasiado transparente, nos desprecia y hace ostentación de hacer lo que nos disgusta o nos perturba. Cuando el cínico intensifica su desprecio, nos desafía y entonces se hace provocador, nos escandaliza.