Guerra cultural y propaganda en verano

OPINIÓN

Pedro Sánchez y Felipe VI, en Marivent
Pedro Sánchez y Felipe VI, en Marivent Ballesteros | EFE

01 ago 2022 . Actualizado a las 12:18 h.

Antes de Einstein, ya sabíamos a nuestra manera que el tiempo era relativo. El dolor o el aburrimiento lo hacen lento hasta la desesperación. Otras veces es el propio tiempo el que parece dilatarse y, aunque las cosas avanzan, avanzan dentro minutos y horas elásticos que se estiran sin pasar al momento siguiente. Creo que parte de la peculiaridad del verano y el calor es esa sensación. Aunque sabemos que sí habrá un mañana, se pierde la sensación de trascendencia. Es un acierto que la actividad política quede en funciones vegetativas en la canícula veraniega. Es bueno que la vida pública quede en flotación en el período en que se percibe mal la trascendencia de las cosas y la gente anda distraída. Hace años, no sé qué cadena le quitó a Julia Otero no sé qué programa y ella diría después que lo habían hecho con alevosía y agostidad. Por eso es mejor que la política amaine en el sofoco de agosto, porque lo que se hace en agosto es sospechoso siempre de agostidad.

Lo más político que debería haber en agosto debería ser la recepción de la realeza en el palacio de Marivent. En la modorra de agosto no debería haber más política que la monárquica, es decir, la simbólica, la de mentira. El diccionario pone como palabras distintas real, de realidad, y real, de realeza. El real de realidad procede de realis, derivado de res «cosa». El real de realeza procede de regalis, derivado de rex «rey». No deja de ser un sarcasmo de la evolución lingüística que la monarquía solo pueda ser democrática si el Rey no es un Jefe de Estado real, sino de mentira. Lo real, en el segundo sentido, solo cabe en una democracia si no es real, en el primer sentido. Y no hay día que nuestros Borbones no distancien lo real de lo real hasta hacer de la realeza, no un símbolo, sino un delirio.

Pero sí hay un mañana y sí flotan en la canícula más asuntos que Marivent. Los que niegan la lucha de clases proclaman cada vez más alto la guerra cultural. La guerra cultural consiste en combatir los principios de raíz izquierdista instalados en la convivencia como consenso. Consiste en no hacer las cosas como «dicte» la izquierda, para revertir su hegemonía «cultural» y parar su asfixiante adoctrinamiento. No olvidemos que la ultraderecha no quiere arrumbar la democracia con uniformados pegando tiros (al principio) sino con el aplauso popular. Las elecciones en Italia no decidirán entre derecha e izquierda, sino si Italia sigue siendo una democracia o si los italianos aplauden un régimen dictatorial de facto. Las elecciones presidenciales francesas tuvieron un guion parecido, quizás más enmascarado. Las de EEUU serán un duelo a cara de perro entre democracia y dictadura racial y fundamentalista religiosa. El consenso progre que combate la guerra cultural es sencillamente la democracia. La guerra cultural llama dogmas progres a la democracia.