Lo mío y lo tuyo

OPINIÓN

María Pedreda

20 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

 Algunos gramáticos, no todos, tuvieron la ocurrencia de decir que, por no ser los posesivos «lo mío y lo tuyo» ni masculinos ni femeninos son neutros, como neutro es también todo lo sexual ambiguo. ¡Cosas de la Gramática! En «lo mío y lo tuyo» puede haber una dimensión sexual («Tú eres mía», dice él, muy impotente), pero eso no es ahora lo importante, que es otra cuestión: mi propiedad frente a la tuya, asunto de calado o de profundis, pues las luchas por lo «mío» contra lo «tuyo» fueron y siguen la causa principal de las guerras, excepción de las llamadas «guerras civiles», cuya causa es la Religión, por eso de muchos mártires, martiriales, y se denominan Cruzadas.

La cosa debió ser tan complicada e imposible que uno de los principios de la Justicia según el romano y jurisconsulto Ulpiano, siglos después de la predicación de Cristo, tuvo que proclamar aquello, también neutro por no ser ni masculino ni femenino, del dar a cada uno lo suyo (suum cuique tribuere). Y para dar «a cada uno lo suyo», surgieron primero los sacerdotes y luego los jueces, cuyo principal trabajo, el dar a cada uno lo suyo, resultó y sigue resultando imposible, como fácilmente se puede demostrar, sin justicia legal ni natural ni equidad complementaria, pues a los otros casi nadie quiere dar lo que les corresponde, rigiendo, por el contrario, el «todo para mí». Robar a los otros es la práctica de los ladrones, llamados de «cuellos blancos», para ser más ricos.  Y dicen que la Justicia es una dimensión decisiva para la configuración del orden político y de la vida en sociedad…

Lo de lo Mío y lo Tuyo se trae aquí por la reciente publicación, gracias a Alianza Editorial, del libro «La Propiedad», escrito por el filósofo de la Política y profesor en la Universidad británica de Exeter, Robert Lamb. «Embestí» al libro, cual toro a la muleta roja del torero, hace días que lo vi en una estantería de librería; eso mismo me ocurrió hace más de cincuenta años (1969) con el libro La función social Posesión del civilista y luego político, don Antonio Hernández Gil, también en edición de Alianza Editorial, libro de bolsillo número 183 de la mítica colección.  

La propiedad ahora y la posesión antes son dos palabras potentes, incluidas en el libro Palabras con Poder de José María Royo Arpón, en cuyo Prólogo (Encarna Roca) califica a la propietas romana como la máxima institución de Derecho privado, paralela a la de dominium sobre los bienes públicos. Y Hernández Gil ya advirtió en el Capítulo 11: «La posesión en los libros y en los estudios de derecho civil se muestra como un gran aparato doctrinal cargado de tradición y propicio a las sutilezas intelectuales».  Es verdad.

Reconozco que con el libro de La Posesión, entonces, aprendí mucho, y que con el de La Propiedad, ahora, nada. El autor Lamb es filósofo y angloamericano, por eso es un libro de palabreo y de elucubraciones. La propiedad es, en verdad, asunto de filosofía política, con un grado de divagación y abstracción, pero también es una institución jurídica fundamental, y cuando un jurista latino, con tendencia a lo preciso, lee razonamientos filosóficos angloamericanos, se siente incómodo: ¿Qué es eso tan repetido en el libro de Lamb, que se llama «la posesión de propiedad»? ¿Sabrá lo que es la compleja posesión?

Mi amigo Goyo, ex bancario como tantísimos, que ahora prepara un excelente arroz blanco con tinta negra de calamar en una peña gastronómica de Gijón, me reñiría si hiciese aquí enumeración pedantesca de teorías sobre la propiedad, a favor y en contra, que Lamb apunta en su libro (Rousseau, Proudhon, Marx Morris, Nozick, Hegel y Rawls. Quedo con lo de este último (Capítulo 5): La propiedad en el marco de la Justicia: Rawls y su legado. Rawls en su Theory of Justice (1971), matizada y revisada posteriormente en el nuevo libro El liberalismo político (1993), publicado aquí por la Editorial Crítica en 1996 y reformulada en 2001 (Justice as Fairness. Rawls incluye la teoría de la propiedad, como parte integrante de su teoría de la Justicia (la económica).

Extraño es este norteamericano John Rawls, al que unos tratan de maestro del liberalismo, que lo fue, y otros de la socialdemocracia, que reconoce la propiedad privada en cuanto liberal, pero que lo hace con muchos matices, de predistribución más que de redistribución de ingresos y riqueza, de lucha contra las desigualdades, de defensa de lo que llama la «democracia de propietarios», tratando de evitar que unos pocos, los ricos, se apropien del poder político, lo que acontece con el llamado «capitalismo del bienestar», que es la socialdemocracia gobernante y tan pimpante en España.

Y en una España, donde algunos al capitalismo, de nuevos ricos que antes fueron muy pobres, se puede calificar de «gansteril», adjetivo empleado por el cineasta griego Constantino Costa-Gavras. También se podría escribir aquí de «una casta caníbal» (La caste cannibale, como escribieron Sophie Coignard y Romain Gubert en 2014. El 21 de octubre de 2021, Gonzalo Pontón, historiador y editor (Crítica), al diario El País dijo con desgarro y no sé si en demasía: «Hemos sufrido las clases dirigentes más corruptas, reaccionarias e incompetentes de toda Europa; Rusia aparte, no creo que exista, en ese sentido, un pueblo más desgraciado en el continente que el español».

Prueba de lo anterior es lo que «pasó» con las Cajas de Ahorros en la década anterior, sentados en los consejos de administraciones ilustres personajes socialistas y populares. Feijóo, en el Senado, habló de uno, no sé si socialista o socialdemócrata, pudiéndose añadir otros más, hoy practicantes de tráfico de influencias. Y todo dicho en un contexto sobre «la propiedad», propiedad privada y herencia, que más que de derecho por naturaleza, son derechos por reconocimiento, que precisan de una justificación, más o menos como una función social a la que se refiere la Constitución española en el artículo 33.

Y esa función social, luchando contra las desigualdades y la apropiación de lo político por los más ricos, exige un sistema fiscal presentable, y lo que pasa en España, ahora, con los impuestos sobre el Patrimonio y Sucesiones (y Donaciones), y con los «cuponazos» vasco-navarros, es impresentable, juntos o, separados, socialistas y/o populares, o con el pacto como el asturiano del Duernu, que ahora se puede repetir con lo de la Fábrica de la Vega, protestando militantes populares por nada saber y casi lo mismo los socialistas del Ayuntamiento.

Leído lo que antecede, incluso con pausas, la digestión puede resultar difícil, indigesta a algunos, con sonada de tripas. Por eso, aquí quedo y prometo continuar la semana que viene.