En los tiempos de la EGB

OPINIÓN

Mobiliario clásico de EGB: sillas verdes (en otras ocasiones color haya), con silla y mesa separadas y respaldo progresivamente más curvado
Mobiliario clásico de EGB: sillas verdes (en otras ocasiones color haya), con silla y mesa separadas y respaldo progresivamente más curvado Consellería de Educación

Hacía 48 años que no recorría aquel camino, el mismo camino que recorrió a diario durante dos años, el camino que la conducía a las puertas de aquel colegio comarcal donde había iniciado su periplo en la docencia. Sintió el mismo nerviosismo que sintiera en aquel primer día, era el nerviosismo propio que te invade cuando estas a punto de descubrir algo desconocido. Hoy es una maestra felizmente jubilada que quiso visitar de nuevo el occidente de Asturias para revivir unos tiempos remotos de grato recuerdo.

Dudó qué hacer. Temía por el impacto de superar el umbral, y presentarse ante el director o directora, como alguien nostálgico que indaga en un pasado que no ha de volver. Optó por contemplar el edificio por su exterior. Ya no era aquella impecable y flamante construcción diseñada para concentrar a toda la prole infantil de un extenso territorio. Seguía siendo un enorme edificio, de dos plantas plagadas de aulas y numerosos espacios polivalentes, pero los años habían dejado su huella.

El primer sobresalto lo llevó cuando miró tras los cristales del comedor. Recordaba seis o siete largas filas de mesas y sillas que se ocupaban en dos turnos a la hora de la comida. En ese momento aun vacío de comensales, si estaban ya dispuestos platos y cubiertos en el sitio que había de ocupar cada alumno y ocupaban una sola fila. No es que hubiera menos alumnado, que eso ya lo sabía ella, es que no había ni la mitad, ni la cuarta parte. Se imaginó cómo serían hoy las aulas, seguro que apenas estarían pobladas por una decena de colegiales, eran los mismos espacios que albergaron tiempos atrás más de la treintena.

Se aproximaba la hora de entrada y vio aparecer los primeros alumnos. De un microbús descendieron media docena de pequeños. Aquello nada tenía que ver con lo que ella conocía. En su tiempo una fila, que parecía interminable, de autobuses vomitaban un sinfín de niños, que ingresaban en el interior del colegio provocando un alborotado vendaval capaz de hacer temblar la estructura del propio edificio. Hoy en aquellos vehículos solo se distinguían unas pocas cabezas de una grey silenciosa que tomaba posesión de las aulas frías por despobladas.

Aquel cambio vivido en el colegio hizo desistir a la maestra de visitar su interior y deshizo el camino andado. La causa de la falta de niños era más que conocida y demasiado sencillo deducir que un colegio en ese estado es debido a la falta de población en los pueblos. Que la agricultura y ganadería se abandonan es palpable, que la natalidad está en mínimos también, unas comunicaciones trasnochadas y un modo de vida precario han provocado el éxodo masivo de jóvenes, dando como resultado que la población que impere en el medio rural sea la de ancianos. Del cambio habido en la comarca es palpable ejemplo el colegio. O tal vez, hemos de preguntarnos si no fue aquel colegio nuevo, que se inauguró como símbolo del progreso, el que provocó el irremediable cambio en la zona.