Problemática de la magdalena de Proust

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

OPINIÓN

ED

08 ene 2023 . Actualizado a las 15:15 h.

Cuando intenté leer por primera vez En busca del tiempo perdido llegué a la conclusión de que la famosa magdalena de Proust estaba revenida. Me refiero, por supuesto, a esa escena en la que el protagonista, trasunto del propio autor, moja una magdalena en el té y el sabor en su boca es como una llave que abre la caja de música de sus recuerdos infantiles. Tirando de ese hilo van saliendo los siete volúmenes con su millón trescientas mil palabras. Porque En busca del tiempo perdido no solo está considerada una de las novelas más grandes de la literatura universal, también es una de las más largas. Yo reconozco que entonces no pude pasar del primer volumen. He vuelto a intentarlo ahora, un poco obligado porque este año es el del centenario, pero tampoco. Esta vez ni siquiera he logrado completar el primer volumen. Me he quedado precisamente en el episodio de la magdalena.

Esa magdalena es tan célebre que el concepto de «magdalena de Proust» se usa a veces en ciencia para referirse a los recuerdos sensoriales. A los escritores gallegos nos complace en especial esa parte, porque Proust dice que la magdalena tiene forma de vieira («une coquille de Saint-Jaques»), lo que, quizá apropiadamente, convierte a uno de nuestros símbolos en uno de los iconos universales de la nostalgia. Esas magdalenas, en efecto, existen. Se las encuentra en muchas pastelerías, libros de cocina y, como era de esperar, en la tienda de merchandising de la casa-museo de Proust en Illiers-Combray. Yo las he probado y de ahí mi escepticismo. La experiencia que describe Proust es impecable desde el punto de vista literario, pero deja mucho que desear desde el de la repostería. Para entender por qué, hay que fijarse bien en la escena. Contrariamente a lo que muchos creen haber leído, el protagonista no muerde la magdalena, sino que parte un trozo para ablandarlo en el té, deja que se convierta en migas, y son esas migas en la cucharilla lo que desata ese torrente de más de un millón de palabras.

Aunque nieto de confitera (mi abuela Aurelia), no soy un entendido, pero siempre me ha llamado la atención que la magdalena tarde tanto en empaparse de té. Eso solo es posible si se reduce al mínimo el huevo, el azúcar y la mantequilla. Pero entonces no tendría un sabor memorable. La otra posibilidad, como decía, es que la magdalena estuviese resesa, lo que le quita a la escena mucha de su sofisticación. Por otra parte, yo no he hecho la prueba, pero el crítico Edmund Levin analizó en su día empíricamente las cuatro o cinco variantes de la receta de la magdalena de Proust y llegó a la conclusión de que, o no producen migas o, si lo hacen, se desintegran de tal modo que las papilas gustativas no pueden detectar su sabor.

La explicación de este misterio es la literatura misma, que está más allá de la disyuntiva entre lo verdadero y lo falso, y cuyo compromiso no es con la exactitud sino con la belleza. Al final se ha sabido, no hace mucho, que la famosa magdalena de Proust no era, de hecho, una magdalena. Un estudio detallado de los borradores de En busca del tiempo perdido acabó revelando que, en una versión anterior, era un bizcocho, y antes de eso una tostada con miel. Y aún antes, precisamente, una rebanada de pan revenido, como yo había sospechado. Imagino que Proust fue cambiando el texto en busca de la eufonía o la sofisticación, y que, a él, como a la mayoría de nosotros, el desayuno no le recordaba nada en particular. Al fin y al cabo, y como sabe todo escritor, la literatura no nace de la escritura sino de la reescritura.