Ni con los pelos de la burra en la mano hay manera de librarse de la sombra de Trump. En el trayecto de su dacha de Mar-a-Lago a la sala del fiscal Alvin Bragg, el magnate que nunca quiso pagar impuestos colocó la primera piedra para resurgir como el peor —para la salud de las viejas democracias— líder populista posible para el futuro del planeta.
Fiel a su estilo, Donald lo negó todo. Casi hasta su nombre. Poco le importan las pruebas a quien se mueve por la vida como si siguiera siendo el amo del plató en el que gritaba a sus concursantes «You are fired» [estás despedido] cuando eran eliminados. Por mucho que vociferó en las horas previas, no pudo gritárselo al juez que lo empapeló. De conocidas simpatías demócratas, Alvin Bragg se ha convertido en la némesis del rey del ladrillo neoyorquino y, como en el caso de Al Capone, no le ha echado el guante por algún gran delito, sino por un lío de faldas que el millonario quiso ocultar durante su presidencia y pagó —otra vez olvidándose de los impuestos— para silenciar.
No conviene dar por muerto al personaje. Ya lo intentaron muchos en el 2014 cuando se presentó a las elecciones. Y en el 2019, cuando perdió ante un Joe Biden que poco ha hecho por restañar la maltrecha salud de la democracia estadounidense. A Trump no lo pararía ni la cárcel, si algún día llegara a ir. Si ya animó a dar un golpe de Estado a un paisano disfrazado con una cabeza de bisonte... El populismo eres tú, Donald. Siempre lo fuiste.
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