Comentarios muy, muy interesados, afirmaron en su día que un candidato a la presidencia de EEUU, a quien las encuestas daban por perdedor, provocó un vuelco en las urnas por asistir a una zona afectada por un terrible terremoto. Tal hecho y tal afirmación nada tienen de científico, pero a partir de entonces la clase política siempre tienen las desgracias en un apartado de su agenda.
Los políticos de ahora seguramente no se creen una patraña de esa dimensión, pero por si acaso, actúan bajo la premisa de que es aconsejable que se les vea en los lugares donde se produce una catástrofe o un accidente destacado. Ejemplo de tal proceder lo hemos visto y vivido recientemente en el occidente de Asturias a causa de los graves incendios acaecidos.
Se ha podido ver al presidente Barbón equipado a modo de brigadista. El candidato del PP vestido de rural y de semejante guisa a ministros y otros líderes políticos. Todo esfuerzo es válido para que se les vea preocupados. Y lo más importante que los medios de comunicación den cuenta de ello.
Ahora ha llegado otro de esos momentos, para quien tenga interés, de que los políticos se acerquen hasta el occidente, de tenerlos cerca, de oírlos y de tocarlos. Hasta los en los lugares más recónditos rendirán visita, aquellos que suspiran por mantener el cargo que ahora poseen, también los que, sin tenerlo, aspiran a ello, y quienes saben que no alcanzarán el propósito, pero buscan posicionarse para mejor ocasión. No se verán sin embargo quienes han sido devorados por la maquinaria partidista o porque han perdido la confianza del mandamás.
El occidente tiene que elegir, además de concejales y alcaldes de su municipio, seis diputados o diputadas a la Junta del Principado. Estas personas se supone que deberían representar a la comarca en nuestro parlamento, pero lamentablemente no suele ser así. Seamos serios y reconozcamos que esos seis hombres y mujeres son más desconocidos que conocidos y que no somos capaces de recordar sus nombres sin equivocarnos. Y tal cosa no ocurre porque la ciudadanía esté apartada de la vida parlamentaria asturiana, que también, ocurre porque sus señorías una vez elegidos se apoltronan en Oviedo y se olvidan de su territorio, de los vecinos que les dieron su voto. Tan solo rendirán visita en casos excepcionales, una festividad señalada, un voraz incendio, por ejemplo, o una campaña electoral.
La noble tarea política, además de serlo, debe aparentarlo, como la mujer del Cesar. Sus señorías, que dicen representar al occidente, deberían explicar, si quieren recuperar en algo, su reputación, a qué dedican el tiempo ahora que la actividad parlamentaria está paralizada, además de intentar arañar un voto aquí y otro allá.
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