Del rictus del CDS al certificado de defunción

OPINIÓN

Albert Rivera, durante su comparecencia este lunes en la sede de Ciudadanos en Madrid
Albert Rivera, durante su comparecencia este lunes en la sede de Ciudadanos en Madrid SUSANA VERA | Reuters

02 jun 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Ciudadanos no concurrirá a las elecciones generales del próximo julio.

Los comicios autonómicos y municipales han certificado la defunción de la formación naranja. La pérdida de representación en todos los parlamentos autonómicos y en cientos de corporaciones municipales, el pasado 28 de mayo, ha provocado que aquel «Rictus del CDS» —del que hablábamos en este espacio digital de La Voz de Asturias el 28 de marzo de 2021 —se torne en cadavérico.

Aquel movimiento intelectual, que en la primavera de 2005 alzó su voz contra el nacionalismo excluyente impuesto desde el gobierno de la Generalitat, se convirtió en un partido político —liderado por un jovencísimo Albert Rivera— capaz de concentrar el voto de miles de catalanes a los que la resignación de las fuerzas políticas nacionales había dejado huérfanos de representación.

En las elecciones autonómicas de 2017, Ciudadanos, convertido en una organización política que ya había traspasado las fronteras de su tierra natal, se convirtió en la primera fuerza en el Parlament. Comenzaba una época dulce, los naranjas se convertían en imprescindibles en el debate político nacional.

El fin del bipartidismo reservaba a C’s el puesto de partido bisagra. El propio de una fuerza centrista capaz de facilitar la gobernabilidad del país a cambio de la aplicación de políticas moderadas y reformistas, negociando a su izquierda y derecha. Ni más ni menos que aquello que hacen sus partidos hermanos en otras importantes naciones europeas.

Pero raro es aquel político en el que la ambición no prende, incluso en los liberales de centro. Albert Rivera creyó que la debilidad de un Partido Popular, expulsado del gobierno por una moción de censura justificada en los casos de corrupción que asediaban al partido de centroderecha en el poder, llevaría a Ciudadanos a sustituir a los populares como única alternativa al PSOE.

Rivera vio la Moncloa al alcance de su mano y sustituyó la misión de buscar el entendimiento con el PSOE de Pedro Sánchez —evitando, de este modo, la repetición de las elecciones y la futura conformación de un nuevo gobierno escorado por el populismo hacia la extrema izquierda— por la de oposición.

Los de Ciudadanos subestimaron tanto la percepción de un electorado que siempre elige al original frente a la imitación, como la capacidad del PP para recobrar el pulso.

En siete meses, los que van desde las elecciones convocadas tras la citada moción de censura hasta las siguientes votaciones convocadas por la incapacidad de investir un presidente de gobierno, Ciudadanos pasó de cincuenta y siete escaños en el Congreso de los Diputados a diez.

Rivera asumió su responsabilidad en el desastre y dimitió. Inés Arrimadas intentó revertir el rumbo a la irrelevancia política sin éxito. Iniciativas —destinadas a demostrar la capacidad de Ciudadanos de poder establecer acuerdos de gobierno con el PSOE— como la fracasada moción de censura en Murcia, provocaron un tsunami político que condujo a la ruptura del madrileño ejecutivo de coalición PP-C’s y el adelanto de unas elecciones en la Comunidad de Madrid cuyo resultado dejó sin representantes a los naranjas en el parlamento autonómico.

Desde entonces a ahora: crisis internas, abandono de dirigentes, estrepitosos fracasos en los comicios autonómicos de Castilla y León y Andalucía y, finalmente, el 28M.

La decisión de no participar en las elecciones generales, con la que se iniciaba estas líneas, no es la prueba de la desaparición de un espacio político moderado y liberal, si no la demostración de que finalmente ha sido el Partido Popular quien ha conseguido ser la apuesta de quienes allí se sitúan.

Si bien el mejor servicio que Ciudadanos puede hacer a aquellos que desean un cambio de gobierno sea su incomparecencia en los comicios de julio, la posible desaparición de una opción constitucionalista no es una buena noticia.

En respuesta a su gesto el PP tiene la obligación de continuar ensanchándose hacia el centro para ser la casa política de quienes un día entregaron a Ciudadanos su voto.

Todos los errores cometidos no deben impedir el reconocimiento a la vocación de servicio de todos aquellos ciudadanos que, conscientes de una dificultad que se tornaba en imposibilidad, formaron parte de las listas de Ciudadanos y participaron en la campaña electoral de esta última cita electoral que — quien sabe lo que deparará el futuro— ha certificado la práctica desaparición de su organización del teatro político patrio.