Creo positivo que en el centro de la agenda política se haya colocado la sinrazón y la vergüenza de la violencia contra las mujeres, aunque me parece lamentable que el verdadero motivo por el que es actualidad lo protagonice el partido que abandera el negacionismo de este grave problema social. Vergonzosamente Vox ha conseguido en sus pactos de gobierno con partidos de derechas (principalmente el PP, pero en el caso de Asturias también con Foro) introducir la exigencia de acabar con todos los pasos conseguidos a favor de la igualdad de mujeres y hombres. Parecía que iba a producirse una excepción con María Guardiola, la presidenta del PP de Extremadura, porque tras constituirse el parlamento y quedar la mesa en manos del PSOE realizó una comparecencia de prensa cuyas declaraciones fueron dignas de aplaudir, pero lamentablemente la cuestión menguó cuando se le pasó el cabreo (según relató) con el paso de las horas. No obstante, a posteriori hemos sabido que no iba a tener el menor reparo a cumplir con 15 puntos que le exigía Vox, así que sus palabras han caído en saco roto.
Tal y como vemos en Castilla y León y próximamente en el País Valenciano (veremos qué pasará en la Región de Murcia y, como comentaba antes, en Extremadura), al PP no le da ningún pudor asumir el discurso de la ultraderecha en materias diversas como son educación («sin sesgo ideológico», o lo que es lo mismo, con el ‘pin parental’), transición ecológica (minusvaloran los efectos del cambio climático y detestan cualquier plan anticontaminación que pretenda mejorar la calidad del aire), memoria democrática e igualdad (tanto políticas feministas como LGTBI). Yo no sé si estoy curado de espanto porque he de reconocer que no me siento sorprendido por esta actitud tras vivir los últimos cuatro años en primera persona como un ayuntamiento como el de Oviedo, donde Vox no formaba parte del gobierno de Alfredo Canteli, se llevaban a cabo acciones aplaudidas por el partido de Santiago Abascal. El bipartito del PP y Ciudadanos retiraron los bancos arcoiris de la Plaza de la Escandalera, cerraron toda posibilidad a aprobar declaraciones institucionales en fechas señaladas como el 8 de marzo y el 25 de noviembre, eliminaron toda referencia en lengua asturiana (‘Antroxu’, comúnmente aceptado hasta para quien no apoya la oficialidad, dejó de utilizarse por la palabra carnaval) y borraron del callejero a Indalecio Prieto mientras mantenían a fascistas de la índole de Juan Yagüe Blanco, ‘el carnicero de Badajoz’ (aunque, finalmente, asumieron la normativa vigente y renombraron esa calle para honrar a Plácido Arango).
Bajo mi punto de vista, no tengo la sensación de que Feijóo se encuentre avergonzado de los acuerdos del PP con Vox, porque no hay una diferencia insalvable en cuanto a las ideas. Creo que la preocupación se encuentra más bien en que el compañero de viaje lleve la etiqueta de extremista. El otro día leía una reflexión de que no se puede hacer equidistancias entre Vox y Podemos, y sí, comparto que no se le puede decir al PSOE y al PP que cada uno alcanzó o se apoyó en el populismo para gobernar diferentes administraciones. Toda la izquierda en Europa, desde el final de la II Guerra Mundial, se integró en el sistema y tuvo un papel fundamental en la consolidación de las democracias y el Estado de Bienestar. Se derrotó al fascismo, pero ahora parece que poco a poco va ganando terreno como hemos visto en Italia, Polonia y Hungría, por lo que la única manera de que España no sea el siguiente es que justo dentro de un mes la izquierda no se quede en casa.
Espero ver mañana en las calles de Gijón a mucha gente en la manifestación del orgullo, porque nos va la vida que la intolerancia no siga creciendo ni alrededor nuestro ni en ningún otro sitio de este planeta.
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