Te veo por la calle, con esa camiseta angosta, que para la abuela sería casi un sostén, y los pantalones altos. Y, en medio, tu michelín a la vista. Sonríes y pasas de largo con tu adolescencia infinita; caminas feliz y mientras lo haces me arrancas la camiseta tres tallas por encima de la mía con la que a los catorce años trataba de esconder esa carne que tú enseñas. Te veo en minifalda, con tus piernas gordas o palillos, dejando a la vista tu trasero, cumpla o no los ridículos estándares de la belleza, y a mí al fin se me cae el eterno jersey atado al culo de mi juventud, ese que tenía que taparlo todo y que no me vestía aunque tiritase porque aquel trapo pegado a las posaderas me blindaba ante el ridículo. Te veo llevar el pelo atado, suelto, con rastas, de colores o rapado al cero, importándote un bledo las miradas ajenas. Y me liberas de la herencia de décadas de ir con el pelo suelto tapando las orejas que me dejó el simple grito de «¡orejuda!» de unos chavales desconocidos desde un coche. Te veo sin sujetador, con los pezones marcándose bajo tu vestido y sin importarte si tienes unos pechos de tamaño grande o diminuto, y me libro de los sostenes de relleno con los que intentaba disimular que en la adolescencia no a todas les crecen las tetas. Liberas de paso también a una de mis mejores amigas, encorvada perennemente para disimular unos pechos enormes. Te veo libre. Aunque quién sabe si tu procesión va por dentro. Como sospecho esto último, te miro con amor. E intento, como los locos, hablarte con los ojos. Quiero darte las gracias; decirte que antes de los veinte llegaste al lugar al que a mí me costó cuarenta años acceder. Ole tú. Ojalá mis hijas te miren como lo hago yo.
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