Mi abuelo materno, un personaje de apellido Feijoo, y mi abuela, González, fueron de los miles de gallegos que cogieron la maleta a la emigración. Se plantaron en París sin que antes hubiesen pronunciado una sola palabra de francés. Trabajaron en tantas cosas en tan poco tiempo que apenas las recuerdo. Pero sé que al final del día iban a «limpar a Danone» y que mi abuela se quedó muerta con que en la casa en la que la contrataron como empleada doméstica el perro durmiese en una cama. Es probable que aquel can tuviese mejor alcoba que ellos, que habían alquilado una habitación con baño compartido en el lugar al que antes habían llegado otros compatriotas. Se apilaban con ellos en el cuartucho para cocinar y que el rancho compartido saliese a precio. A veces también hacían sitio para dormir a quien llegaba de nuevo con una mano delante y otra detrás. Se juntaban, se cayesen como se cayesen, porque antes que los gustos iba la supervivencia. Escuché mil veces las historias de los callos a pachas que hacían los domingos. Le eché tanto romanticismo a aquel puchero entre migrantes que nunca reparé en que, en realidad, mi abuelo Feijoo y mi abuela González montaron un piso patera en la ciudad del amor. Puede que tardase tanto en percatarme porque les quería mucho; demasiado como para pensar que si se amontonaban en un catre se debía a que eran unos sucios que querían fastidiar al casero y al vecindario. O puede que fuese porque este país, España, me protegió mucho tiempo del discurso del odio hacia Mohamed; ese que ahora escucho y que me hace reivindicar a miles de gallegos como inventores del piso patera. En esto de emigrar, amigos, aquí tenemos la patente.
Comentarios