Cuando papá y mamá se insultan

OPINIÓN

María Pedreda

06 ago 2023 . Actualizado a las 12:06 h.

El verano es el cráter del volcán al que se asemeja un divorcio malavenido con hijos comunes. Un mes con uno; un mes con el otro. Y antes, después y en medio las «entregas» —la palabra estremece— con el menor roto en el portal, suplicando que no haya gresca. El niño observa a sus padres, a su piedra de toque, convertidos en lava capaz de arrasarlo todo. Acaba agradeciendo que no se hablen. El silencio, aunque da miedo, daña menos que el insulto. El rapaz entra con su maleta chiquita en la casa de turno. No trae ni lleva su peluche favorito. Ni esa camiseta de Harry Potter que le gusta. Tampoco aquella foto de cuando era bebé y mamá y papá lo tenían en brazos. Escuchó demasiadas veces eso de «que allí que te compren de todo» como para piar por el trasiego de enseres entre sus dos hogares. Sus rutinas nada tienen que ver con las de la otra casa. Ni con las que volverá a tener en treinta días. No hay normas similares ni proyecto educativo común. Pero con ese apego natural e infinito del cachorro hacia quienes le dieron la vida se adapta a todo. Su infancia chicle hasta traga con las ofensas a la otra parte. Aunque los agravios se claven en el alma. «Tu madre está loca», «tu padre no sabe cuidarte» escucha. Pasa el verano. Los veranos. Crece. Se hace mayor en edad y diminuto en autoestima. Y un día, ya adulto, ante el diván del psicólogo profundiza en lo que en principio recuerda como una infancia feliz. Llora. Escucha que lo que vivió le hizo daño, que existen divorcios sin tirachinas y que lo ocurrido no tuvo que ver con lo que él hiciese o dejase de hacer; que solo sobrevivió. Esa noche logra dormir. Porque no sabe de qué ni por qué tenía la culpa. Pero necesitaba ser exculpado.