Manual de resistencia

OPINIÓN

Pilar Canicoba

27 ago 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Hago unos cien kilómetros al día en coche para ir y volver de casa al trabajo, la mayoría de ellos por autovía. Para evitar multas, suelo circular a una velocidad constante utilizando el control de crucero del coche. Y es raro el día que no me pasa lo mismo. Ayer, sin ir más lejos. Conduzco por la A-8 a las 7:30h disfrutando de la calma y el poco tráfico de una mañana de agosto. Me aproximo lentamente a un coche, pero cuando ya estoy cerca y me coloco en el carril izquierdo para adelantarlo, noto que me cuesta hacerlo. Como yo voy exactamente a la misma velocidad, sé que el otro coche ha aumentado la suya hasta llegar incluso a igualar la mía y hacernos marchar en paralelo. Aprovecho el momento para intentar verle la cara al conductor y enriquecer con sus rasgos el ya exuberante catálogo de mis prejuicios, y termino deshaciendo la situación acelerando con rabia para terminar el adelantamiento entre voces y cagamentos.

Como es algo tan recurrente, he intentado buscar la razón de semejante comportamiento. ¿Por qué tantas personas aceleran cuando los están adelantando? Al valorar las causas de una conducta humana es obligado considerar la estupidez como primera hipótesis de trabajo, y en este caso la había concretado en la costumbre generalizada de ir en el coche oyendo a las estrellas de la mañana de la radio. Son suficientes unos minutos del sermón progre de Angels Barceló, la vacía solemnidad de Carlos Herrera, el sarcasmo cargante de Alsina o la ira enloquecida de Federico para provocar en la audiencia un malestar capaz de desencadenar este tipo de reacciones. Pero hoy, leyendo el libro ¿Cuándo?, de Daniel H. Pink, encontré una explicación alternativa igualmente razonable. Los estadounidenses Jonah Berger y Devin Pope analizaron durante más de diez años los partidos de la liga universitaria de baloncesto y llegaron a una curiosa conclusión: ir ligeramente por detrás en el marcador en el intermedio del partido aumenta considerablemente la probabilidad de ganar al final. Es decir, ir perdiendo por poca diferencia activa algo dentro de nosotros, nos inyecta una motivación extra capaz de impulsarnos a la victoria.

Aplicado esto a los adelantamientos de autovía supone que si vemos acercarse un coche a 30 km/h por encima de nuestra propia velocidad no sucederá nada. El abismo que nos separa anulará de raíz cualquier rebeldía y dejaremos que nos adelanten sin apenas reparar en ello. Pero si la diferencia de velocidad es inferior a 10 km/h y el adelantamiento se dilata varios segundos, de pronto un hecho intrascendente se convierte en una derrota vital evitable y en nuestra mente mezquina nace la idea de resistencia. Una reacción involuntaria, seleccionada en un tiempo remoto por suponer alguna ventaja evolutiva o aprendida de la experiencia y los palos de la vida, expresada hoy en estos pequeños teatrillos matinales con los que vamos pasando las olas de calor los sobrealimentados ociosos del primer mundo.