El abandono escolar temprano consiste en que jóvenes de entre 18 y 24 años dejan de estudiar sin haber terminado la ESO ni cursado Bachillerato ni Formación Profesional.
Sabemos que Galicia está a la cabeza de las comunidades autónomas en cuanto a menor tasa de abandono escolar, cumpliendo actualmente incluso el objetivo de la Unión Europea fijado para el 2030 de que esta tasa no supere el 9 %. Esto es importante, porque España tiene una tasa del 13,3 %, prácticamente a la cola de Europa, detrás de Rumanía.
El motivo de estos buenos resultados podemos encontrarlo, en primer lugar, en la Formación Profesional Básica (FPB). Es de todos sabido que hay jóvenes a los que no les gusta estudiar, pero que son muy trabajadores.
Si antes abandonaban los estudios, actualmente la FPB, que les permite obtener el título de graduado a través de unas enseñanzas que incorporan la Formación Profesional a la ESO, posibilita que muchos de ellos accedan a empleos muy bien remunerados con titulación.
El otro motivo es el enorme y rápido proceso de modernización y especialización que están experimentando los centros educativos gallegos en los últimos años.
Hace unos años, los estudiantes con dificultades acababan abandonando. Hoy en día, los departamentos de orientación disponen de protocolos específicos que corrigen las desventajas.
Además, hay programas para que los docentes atiendan en el domicilio a alumnos que padecen patologías de larga duración que les impiden acudir a las clases.
A esto hay que añadir la actuación de los servicios de salud mental infantil, que diagnostican y tratan trastornos que hasta hace poco generaban fracaso escolar.
Por otro lado, Galicia también está a la cabeza de España en inclusividad: los profesores trabajan diariamente en las clases con alumnos de capacidades y condiciones personales muy diferentes, lo que repercute muy favorablemente en su formación, animándoles a completar sus estudios.
Tenemos también la apuesta gallega por la educación digital. Quedarse atrás supondría renunciar a una evidencia que descontextualizaría a la educación de su entorno y alejaría a algunos alumnos de las instituciones escolares.
Además, los centros educativos gallegos son ecosistemas complejos que necesitan implementar programas de mejora de la convivencia, con la convicción de que un buen clima escolar atrapa a los estudiantes sin motivación académica, generando en ellos la sensación de pertenencia a un grupo.
Hay que reconocer que muchos jóvenes prefieren ser youtuberos a pasarse años estudiando, resultado lógico de un uso descontrolado del móvil que no favorece en absoluto la cultura del esfuerzo.
Por último, los tutores y los departamentos de orientación aplican protocolos específicos a los alumnos absentistas, que pueden acabar en la Fiscalía de Menores y en los servicios sociales.
El sistema educativo gallego está pensado para dar su espacio a todos los jóvenes y ofrece una diversidad de programas a los centros para que ningún estudiante se quede en la cuneta.
Pero, aunque los resultados son alentadores, hemos de decir que también son mejorables: la progresiva reducción de ratio en las aulas supondría un impulso a la educación inclusiva, como también lo sería dotar con más recursos a los servicios de salud mental infantil, entre otros.
En definitiva, de nada sirve diseñar programas de mejora si no hay docentes y equipos directivos comprometidos que, pudiendo transitar por su vida profesional aplicando una pedagogía rutinaria, apuestan por la innovación.
Estos son auténticos motores de la educación, y son los que, no solo las autoridades educativas, sino la sociedad en su conjunto, deben apoyar si queremos seguir progresando.
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