El lunes pasado, que fue 11 de septiembre, asistí en el Edificio Histórico de la Universidad a un acto de homenaje a Salvador Allende. Se proyectó un documental sobre los días previos al golpe de estado de 1973 en Chile y muchos de los discursos seleccionados eran prácticamente idénticos a los que podemos escuchar hoy en España (el más significativo fue tildar de «ilegítimo» a un gobierno democrático nacido de la voluntad popular expresada en las urnas).
¿Cómo es posible que pese a esos discursos tan catastrofistas, como el que Aznar dio esta semana con el hilo conductor de que «España se rompe», España siga unida pese a los desafíos nacionalistas? El PP está en su derecho de convocar las manifestaciones que considere oportuno, pero suena a risa que quieran protestar por una supuesta ley de amnistía (prosiguen considerando el conflicto catalán desde la perspectiva judicial, en vez de entender que su solución tiene que ser exclusivamente por la vía política) cuando quien tiene a día de hoy el encargo del Jefe del Estado para someterse a la investidura es Alberto Núñez Feijoo.
El 20 de agosto de 1990, la selección masculina de baloncesto de Yugoslavia (país que estaba en vías de desaparición) ganó el Mundial de Argentina. Drazen Petrovic y Vlade Divac, que eran más que amigos, que disfrutaban de su mejor momento jugando en la NBA y que no tenían más que motivos para estar felices, vieron en un momento dado a un espectador en la cancha portando una bandera de Croacia. El primero le defendió por exhibirla, mientras el segundo hizo todo lo posible por retirársela. El polvorín y la tensión que se respiraba creo que no hace falta explicarla para quien recuerde mínimamente lo que fueron los años noventa en los países de los Balcanes. ¿El objetivo de la derecha española con sus discursos sigue buscando agitar el avispero independentista (el pasado lunes ha vuelto a demostrar que sigue decayendo su fuerza) o lo que ocurre realmente es que les sobran una serie de españolas y españoles que no piensan como ellas y ellos? La única respuesta que se me ocurre a explicar por qué este país no se rompe es Unión Europea (nos ha salvado a las y los españoles de más intentonas militares y de guerras civiles).
¿Qué todo podría cambiar? Pues espero que no, pero me ha preocupado mucho los resultados del último barómetro mundial de «Open Society Foundations». El estudio asegura que un 42% de los 36.000 jóvenes encuestados en 30 países diferentes consideran que la mejor forma de gobierno es la dictadura militar. Una reflexión escalofriante porque ya no es solo terrible vivir bajo la dominación y el dictado de este tipo de gobiernos, sino que una vez que se restablece la democracia su sombra sigue ahí y su fuerza es tan importante que desespera hacerle frente. En los discursos que se hicieron esta semana en Chile en recuerdo a las víctimas de la dictadura de Pinochet pudimos escuchar que siguen miles de personas desaparecidas o enterradas en cunetas de carreteras, por lo que es otra triste similitud con España con las víctimas del franquismo.
Los cambios no son radicales de un día para otro, pero las transiciones tampoco pueden estar condicionadas por los mismos actores que estaban marcando las directrices del sistema caducado, porque entonces no habrá diferencias destacables entre un modelo y otro. Y debemos pensar que muy cerca de donde estamos la libertad en su máximo esplendor brilla por su ausencia. El terremoto de Marruecos (y también lo ocurrido en Libia) ha evidenciado que sus mandatarios están a otras cosas que nada tiene que ver con la defensa y el bienestar de su población, aunque en sus discursos televisados intenten manipular la realidad. Es inédito e inaceptable que un país niegue ayuda internacional para colaborar en los rescates y para atender a la población más vulnerable. ¿Para Mohamed VI está por encima la geopolítica que el pueblo marroquí? Pareció en un momento dado que aquella primavera árabe que estalló en Túnez podía abrir un nuevo periodo en el norte de África, pero años después no hemos visto avances significativos.
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