Ley, móviles, sexo y más allá
OPINIÓN
Los jueces damos respuesta a una conducta —activa u omisiva— que la sociedad, a través de la educación, enseña que no se debe llevar a cabo porque supone un ataque a derechos protegidos. Es, por ello, fundamental la prevención para ser conscientes de qué comportamientos no se deben desarrollar.
Sin embargo, hay nuevas conductas desconocidas para la mayor parte de la sociedad y, por ende, para nuestro legislador; conductas que, en las guardias, comenzamos a ver con más frecuencia.
El stealthing (quitarse el preservativo, tras acordar una relación sexual con protección) o el upskirt (fotos por debajo de las faldas) son solamente dos ejemplos de los anglicismos que hacen referencia a conductas que se han normalizado, al menos entre nuestros jóvenes. No en vano las estadísticas muestran un progresivo aumento de la violencia, como se aprecia de los informes de la Fundación Anar.
Describamos una guardia en el juzgado. Denuncian un abuso sexual, la posible víctima es una menor de doce años. El denunciado como agresor tiene veinte años. Durante su declaración, él cuenta su versión y aparecen más delitos que ni siquiera figuran en la denuncia. Estupefacto, no entiende qué hace en el juzgado. Solo ha escrito por una conocida mensajería instantánea y enviado fotopollas —bastante común en redes sociales—, proponiendo una quedada para tener relaciones sexuales a una niña. Lleva enviando y recibiendo fotos de este tipo, sin petición previa, suyas y de terceros, desde los doce años. Han pasado nada menos que ocho años durante los cuales él ha normalizado su conducta, un delito. Ocho años en que la sociedad, que ahora le castiga, le ha fallado.
Se puede pensar que es un supuesto aislado. Ojalá. El impacto en los jóvenes de las redes sociales y roles de género es más profundo de lo que parece, y se está acelerando con la inteligencia artificial.
Casos que padres, colegios y educadores desconocen, y que van por delante del Código Penal, de los legisladores, de la sociedad.
Hace unos meses se presentaron varias denuncias de menores porque se habían difundido fotos falsas de ellas desnudas, generadas por inteligencia artificial. La madre de una de las afectadas relataba que había reñido a su hija, hasta descubrir que se habían creado digitalmente.
Ahora, ¿cómo se puede evitar ser víctima de este tipo de delitos?
Se me ocurre una solución sencilla, pero requiere compromiso de todos y cada uno de nosotros. Sería tan simple como interiorizar que la mujer es una persona. Eso es lo que dice todo nuestro derecho, pero la realidad revela que no es una idea tan extendida.
En el ámbito digital, nos debería parecer una verdadera barbaridad transmitir cualquier imagen o vídeo de una persona que no seamos nosotros. Fácil y para toda la familia.
En el ámbito sexual, frente a la normalización de conductas que por sí mismas son delito (como «ahogar») y frente a la pornografía —cada día más violenta— como parte de la educación sexual, deberíamos enseñar y aprender entendimiento: parar, hablar y escuchar. Básicamente, como si nos acostáramos entre personas y, por ende, respetuosas entre sí, lo que incluye una conversación sobre la realización del acto sexual, pero también sobre su contenido (protección, prácticas, etcétera).
No dejemos que sea tarde para nuestros adolescentes. Actuemos ya. Hablemos de consentimiento, formemos en respeto, eduquemos en pensar.
Antes de que sea la autoridad judicial la que le tenga que explicar por qué está siendo investigado.
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