¿Seremos capaces la humanidad de sobrevivir en esta crisis ecosocial?

OPINIÓN

María Pedreda

02 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

Estamos ya en el inicio de 2024 y creo que, de manera muy generalizada, el conjunto de la humanidad estamos viendo con mucha preocupación un incremento monumental de la crisis ecosocial que nos afecta y empeora, si lo comparamos con las estadísticas del año anterior, y no digamos ya si retrocedemos 6 o 7 años atrás en el tiempo, en los que se percibe con una mayor claridad el retroceso actual.

Esta nueva etapa de economía globalizada se caracteriza por la expulsión. Las expulsiones «equivalen a un proceso de selección salvaje». En 2015 20 millones de seres humanos, pertenecientes a más de 130 países de todos los continentes tuvieron que desplazarse de los lugares en los que habitaban a causa de desastres naturales. Unos 450 millones de niños y niñas vivían en zonas con un elevado riesgo de inundaciones, 165 millones en zonas amenazadas por la sequía y otros 120 millones estaban expuestos a riesgos climáticos extremos.

No es un fenómeno reciente. Las poblaciones se han ido desplazando históricamente de forma temporal o permanente durante periodos de adversidades climáticas. Sin embargo, ahora, la escala de esta fenómeno crece de forma dramática como consecuencia de la interacción entre el declive de recursos naturales, una alteración, en muchos casos ya irreversible, de los ciclos naturales y el crecimiento de la población. Soy plenamente consciente que hay multitud de opiniones con respecto a esta crisis climática, en muchos casos en función de los grandes intereses económicos que se mueven en torno a la especulación de los recursos naturales. Pero lo cierto es que el mundo se encuentra al borde de una catástrofe ecológica y humanitaria de incalculables dimensiones.

La desestabilización de las condiciones naturales que hacen posible la vida, el declive de recursos básicos esenciales para mantenerla tal y como la conocemos y la precariedad vital de amplios sectores de la población está siendo abordada por el sector económico global a través de procesos distintos que no se anteponen entre sí. Por un lado, el desastre se perfila como una gran oportunidad para los negocios especulativos y el crecimiento económico a partir de la mercantilización de la crisis y por otro, se formula en clave de riesgo y de un problema de seguridad que se está abordando por medios militares, como podemos observar en muchos de estos conceptos en un contexto de irracionalidad humana.

Desde las perspectivas de la ecología social, ya hace años que se viene planteando la urgencia de una recolocación de la economía, el ajuste a los límites físicos de los territorios y la producción y acceso a alimentos, energía y agua. Es necesario también reorientar la política e intervenir la economía de forma que las condiciones de vida digna para todas las personas sea la máxima prioridad en este contexto de grave crisis ecosocial.

El capitalismo desregulado y deshumanizado se extiende a todos los órdenes de la vida, y funciona especulando y sacrificando riquezas naturales, minerales, ríos, mares, animales y vida humana en beneficio de su crecimiento económico. El incremento de los beneficios y del lucro se convierten en un supuesto interés general sustituyendo el bien común. En este escenario desgarrador, lo que llaman normalidad está delimitado por redactados oscuros y farragosos. La normalidad, a la que mucha gente quiere volver, es sencillamente la emergencia civilizatoria que no queremos mirar convirtiéndonos en víctimas de nuestra comodidad y egoísmo.

Hay sectores de la población privilegiados que construyen su propio bienestar a costa de otras personas y otros territorios. Aquellos sujetos que, beneficiados por el poder político, económico, militar, judicial y mediático, mantienen sus elevados niveles de vida y opulencia a costa de que otros sean expulsados de su propia vida. La tierra, las toneladas de minerales, el agua y otras riquezas naturales que algunos se afanan en acaparar, ya no están disponibles para otros. Nadie de los responsables de esta catástrofe ecosocial está pensando cómo poder hacer compatibles salud, economía, planeta y justicia.

Mientras la economía funcione exclusivamente en términos contables y no en términos de territorio, necesidades o tiempos, resultará imposible mejorar en esta materia de crisis ecosocial que amenaza con la destrucción del planeta.

Es importante recordar, que, hasta llegar aquí, se pudo haber elegido entre sensatez o desastre, y que sistemáticamente una y otra vez se eligió el desastre, sabiendo perfectamente cuales serían las consecuencias y quienes los perjudicados... Y es importante comprender que en esta coyuntura de emergencia ecosocial, vamos a tener que seguir escogiendo, cada vez con menos posibilidad de maniobra, entre aminorar la velocidad o seguir corriendo hacia un desastre sin precedentes en el mundo ecológico. Si se continúa actuando mirando solo en términos contables, el resultado será el agravamiento de las enormes heridas, del dolor, la precariedad en todos los aspectos de la existencia, la violencia y la muerte.

Tras el tiempo trascurrido permitiendo un deterioro tan enorme de todo el planeta y la especulación de todos los recursos naturales, lo más urgente para frenar este espolio, sería la reordenación de la economía y el aprender a vivir con los recursos cercanos es fundamental para frenar la expulsión de personas de sus territorios y garantizar sus derechos a permanecer en ellos, teniendo en cuenta que una parte de los desplazamientos forzosos ya será inevitable y que tenemos la obligación de organizarnos para acoger a todas las personas con las que hemos contraído una deuda ecológica y ya no tienen lugar a donde regresar.

Adoptar principios de suficiencia y austeridad en el uso de bienes de la Tierra, equitativos y justos, es condición imprescindible para la solidaridad dentro y fuera de nuestras fronteras. No se trata de gestionar el desastre a costa de destruir el planeta, sino de la configuración de un sistema solidario de autonomías interdependientes, que sea capaz de crear bienestar con poca energía y materiales, proteger a las personas y repartir la riqueza y las obligaciones de la vida de forma solidaria y eficaz para los intereses de la humanidad.

Nos dicen que no existen recetas mágicas para construir sistemas justos de protección de la Tierra, pero algunos de los aspectos que nos ayudarían serían: conocer en profundidad la realidad existente, impulsar la trasformación planificada del metabolismo social para reducir el daño ecológico causado por el propio ser humano, la pérdida de biodiversidad y las emisiones de gases de efecto invernadero, y hacerlo de forma justa y democrática, impulsando alianzas entre el espacio institucional y las dinámicas sociales organizadas.

Sobran dinámicas y propuestas encaminadas a la búsqueda de soluciones para algo que nos debemos tomar muy en serio. La crisis ecosocial no es un invento de los agitadores sociales, es una realidad palpable que estamos sufriendo de forma muy severa, que afecta muy seriamente a nuestra salud y nuestras vidas. Es por ello que necesitamos entrar de lleno en una importante dinámica en la disputa de hegemonías culturales y políticas.

¿Existen en la actualidad condiciones para que emerja un movimiento alrededor del cuidado, la precaución, la contención, el dialogo, la desobediencia, el reparto y la justicia? ¿Es posible disponer de las herramientas políticas y económicas, que más allá de la oportunidad o el cálculo, afronten la emergencia civilizatoria, sanitaria y ecológica desde la responsabilidad colectiva?

Desde la multitud de opiniones y sensibilidades que existen con respecto al cambio climático y sus consecuencias evidentes, solo cuestionadas por el negacionismo del todo, creemos que sí hay condiciones.

Debemos involucrarnos en la construcción de alternativas, con independencia de que nos den autorización para hacerlo o no, para evitar el exterminio del planeta Tierra.