La mentira, la hipocresía y la doble moral

OPINIÓN

Varios manifestantes mantearon muñecos de Pedro Sánchez y Puigdemont en la calle Ferraz, donde se encuentra la sede del PSOE
Varios manifestantes mantearon muñecos de Pedro Sánchez y Puigdemont en la calle Ferraz, donde se encuentra la sede del PSOE EFE-TV | EFE

03 feb 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

 El título del artículo está relacionado, desde mi punto de vista, con tres conceptos cada vez más arraigados e introducidos en el populacho social, porque es lo que nos meten a calzador la clase política de signo derechista y otras instituciones, para los que no hay por el momento ni vacunas ni mascarillas.

El medidor de todo ello se puede ver fácilmente en el posicionamiento de los grandes acontecimientos que ocurren en el mundo en instituciones, como la Iglesia, poder político-judicial, económico y monárquico.

Existen ejemplos vergonzosos de hipocresía y doble moral. Vemos constantemente como representantes de la iglesia católica hacen continuos alegatos condenando el aborto, pero guardan silencio cómplice contra el Genocidio en Palestina de miles de niños y niñas. Las instituciones políticas nos hablan de las Guerras donde parece que solo existe la de Ucrania. El Rey en la celebración de la pascua militar también hizo referencia a esta guerra, pero no mencionó la masacre de Israel. Lo mismo ocurre con estos estamentos a los que se les llena la boca hablando de Derechos Humanos, pero permiten desde la pasividad más absoluta el incremento de la pobreza y que miles de personas se mueran por necesidades de subsistencia de hambre y miseria, permitiendo que las empresas energéticas hagan caja en verano y en invierno con subidas abusivas de las tarifas que muchas familias no pueden pagar. La diferencia entre clases se agudiza a una velocidad de vértigo, a la misma que los tres conceptos del título elegido para este artículo. Tal es la velocidad que, en vez de hacer el recorrido en una dirección hacia posiciones de libertad, lo hacemos de forma circular volviendo al punto de partida de un tiempo pasado muy duro para mucha gente y desconocido para otra, de los que creen que cualquier tiempo pasado fue mejor.

En la época del fascismo en nuestro país, aquella en la que la iglesia procesionaba al general golpista bajo palio, como si fuese el beatifico personaje enviado del triconsustancial y divino Espíritu Santo, mientras los ciudadanos y ciudadanas se arrodillaban al paso de las autoridades político eclesiásticas, intérpretes y oficiantes del genuino espíritu del régimen.

Eran tiempos en los que el clasismo brotaba al menor estímulo. «No sabe usted con quién está hablando». «Yo me eduqué en colegio de pago». Lo que significa que estaban ungidos de la gracia y los elevados valores culturales del régimen.

Cualquier desaire o conducta podía ser objeto de reprimenda y aun de ofensas dignas de represión e incluso de castigo.

El germen de aquellas especies sociales abrazadas al fajín del general, antes, y ahora en la actualidad, a las de la hipocresía y doble moral, tocadas de mantilla y misalito, que necesitaban de los ejercicios espirituales para mantener la energía vital de sus neuronas, afanaban con una mano mientras con la otra ponían banderitas recaudatorias para ejercer la caridad católica. Las minas, la mar, los centros de trabajo en general, eran lugares para pobres gentes que no tenían otra forma de ganarse la vida. Nos querían hacer ver la vida con agradecimiento al derecho de ser explotados, mientras ellos practicaban esa doble moral de crucifijo en una mano y látigo en la otra. Nos querían hacer ver que la Virgen del Carmen protegía a las enlutadas viudas de tanto naufragio provocado por la codicia salvaje, mientras Santa Bárbara alejaba el grisú del tajo y los derrabes de la galería. Ni la una ni la otra atinaban a reducir los entierros que el régimen asistía con coronas rojas y amarillas del mismo colorido que las banderas que tanto abundan ahora en los que dicen defender la libertad y la democracia, pero que a su vez permiten y justifican tanta barbarie.

El clero, eran «padres» que, en la mayor parte de los casos, no reconocían a sus hijos ni se ocupaban de ellos. Eran como el Bertín Osborne de ahora. Y en otros casos abusaban de los niños, impunemente, como los pederastas actuales, entre los que se siguen encontrando algunos de esa misma clase, con la magnánima tolerancia del obispo pastor, tanto antes como hasta fechas muy recientes, ocupado por frenar el descarrió herético de los rojos que no iban a misa. A quienes no iban a misa, los tricornios del régimen le podían calcar un par de hostias para compensar la renuncia a la eucaristía obligatoria.

¿Han cambiado en la actualidad los valores y actuaciones de aquellos pichones del nacional catolicismo, que en el pasado no tan lejano lo hacían con el consentimiento del régimen y ahora con el de los poderes establecidos?

Hace unas semanas, en la calle Ferraz de Madrid, mientras los nostálgicos del clericato afascistado, rezaban fervorosamente, otros energúmenos con el brazo levantado a lo divino, manifestaban su credo y reivindicaban algo, que no era precisamente una vida digna para la gente, ni contra las tarifas energéticas, ni por el derecho a una sanidad y enseñanza pública, ni contra el genocidio. Reivindicaban la vuelta a los orígenes del franquismo, de Carrero Blanco y del carnicerito de Málaga. El alcalde de Madrid llamaba «macarra» y «mamporrero» a un ministro y la dama de las mascarillas de pago, llamó «hijo de puta» al presidente del gobierno.  Y todo ello sabiendo los ciudadanos y ciudadanas de quienes nos estaban hablando y por supuesto, sin que les hayan cerrado los colegios de pago.

En un acto de cinismo perifrástico el fracasado Feijóo propone ilegalizar a los partidos que no cumplan la Constitución, como si el la cumpliera. Se supone que será con el incondicional apoyo del Consejo General del Poder Judicial.

Y para culmen de exaltación de las genuinas esencias que iluminan las genuinas mentes de estos personajes, que afortunadamente se sabe quiénes son y cómo actúan, defienden que el nuevo Herodes mate a niños sin reparo, aunque ellos están radicalmente en contra del aborto.

España no podrá ser ni grande ni libre mientras se venere la barbarie cívica y se premie a semejantes especímenes.