Si nos remontamos a unas décadas atrás, en una comunidad como la asturiana, el tipo de hogar que nos hallaríamos sería, en un porcentaje muy alto, el de una casa rural, que estaría integrado por un matrimonio, dedicados a tareas agrícolas y ganaderas, dos o tres hijos, que acuden diariamente a la escuela, y los abuelos, que seguramente se ocupan de alguna que otra labor acorde a su edad.
En la actualidad las cosas son bien distintas. Una unidad familiar de ahora sería mayoritariamente urbana, habría una pareja, que no en todos los casos la formarían un hombre y una mujer, que probablemente los dos trabajarán por cuenta ajena y cabe alguna posibilidad de haya algún niño. La residencia, de escasas dimensiones, estaría plagada de útiles tecnológicos de todo orden y en tal lugar desangelado acaso habrá espacio para perros, gatos o canarios, pero los abuelos, si existen, habría que buscarlos en otro lugar posiblemente a muchos kilómetros.
Quienes han alcanzado la tercera edad gozan de horas interminables esperando ese día que recibirán la visita de los nietos o aguardando que los hijos les reclamen para que les echen una mano cuando lo necesitan. Llegado el momento que carezcan de capacidad para ayudar serán recluidos en recintos cerrados que llaman residencias y es entonces cuando se descubre otra realidad. Recientemente los medios de comunicación han dado luz al estado lamentable que presentan las grandes residencias públicas de Oviedo y Gijón y no se han referido a que la gran mayoría de municipios asturianos carecen de residencias para ancianos.
Lo más probable es que a los hijos les gustaría sentirse acompañados de sus padres y velar por ellos en los últimos años, pero tal cosa es imposible de compaginar con el modo de vida actual. Privar a los abuelos de acariciar a sus nietos, de la complicidad para comprarles unos chuches a espaldas de los padres y de acompañarlos cerca de la cama cuando les sube la fiebre, es un castigo demasiado severo. Privar a los pequeños de la sabiduría que les sobra a los abuelos es formarlos con unas carencias que jamás superarán.
Resulta chocante que la administración asturiana apueste por extender la red de escuelas de 0 a 3, y hay que aplaudirles por ello, cuando la natalidad está en mínimos y sin embargo poco o nada se habla de las plazas de ERA cuando son las personas mayores las que abundan por pueblos y ciudades.
En la historia de la Humanidad siempre se dispensó un respeto y un trato preferente a los mayores. Si no miramos como se merecen a los que nos precedieron se puede decir que los que nos siguen tampoco lo van a hacer y que se adivina un futuro al que no apetece asomarse.
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