Después del resultado de las elecciones celebradas en Cataluña, me surge la duda de si se podría afirmar que esta comunidad autónoma es una ruina permanente para España, y si tanto el nacionalismo como el independentismo, con sus reivindicaciones, han significado un lastre que la conduce a su decadencia. Su situación financiera actual no induce a pensar que, habiendo sido una de las regiones más ricas de España, su burguesía y élites dirigentes hayan sido capaces, en estos últimos años, de sostener aquella prosperidad heredada de las generaciones anteriores. Hoy, y después de unas elecciones cuyos resultados todavía complican aún más si cabe su gobernanza, semeja que la solución a los principales y más preocupantes problemas que aquejan a todos los catalanes todavía han de esperar, dadas las prioridades e intereses de sus clases dirigentes al condicionar, además, el futuro de la política nacional.
Qué razón tenía Manuel Martin Ferrand, en un artículo publicado hace casi veinte años que titulaba «La partida nacional», al referirse a «la gran trampa de los nacionalistas, que, sin grandes diferencias de fondo entre unos y otros, se sentaron a la mesa muy civilizada y democráticamente para echar una partida de mus, que era el juego convenido en la Transición, para la gran partida nacional. Ahora, instalados en la mesa con acceso al presupuesto y en traición a los Estatutos que los justifican y a la Constitución que los ampara, no admiten que los reyes ganen a grande o los pitos a chica. Finalmente han decidido, por sí, ante sí y en desprecio a la mayoría de los jugadores, cambiar el juego, el tanteo, el reglamento y, sin el riesgo del envite, quedarse con la mesa, la bolsa y la baraja».
¿De verdad, y a la vista del estado de la gestión de su sanidad, su educación, sus problemas con el suministro de agua, el de la vivienda, sus constantes contratiempos en las infraestructuras de los trenes de cercanías (Rodalies), su abultada deuda (más de 80.000 millones de euros), la fuga de empresas, una grave erosión institucional, etcétera, esto se va a solucionar simplemente con los pactos derivados del resultado de las elecciones, amnistía incluida? Me temo que tanto Cataluña como España van a necesitar algo más que un simple reparto de asientos para que al final nada cambie y todo siga igual, una especie de ir tirando hasta el próximo compromiso electoral. Luego, si eso, ya veremos cómo lo podemos solucionar; eso sí, la factura de momento la pagamos todos, aunque conviene tener presente que una verdadera democracia consiste en algo más que en un simple derecho al voto.
Al ser preguntado por los resultados en Cataluña, el premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2024, Michael Ignatieff, nos ha recordado que cuando alguien de su edad ve lo que ha construido España tiene que decir: «No echéis la casa abajo». Mientras la partida nacional se sigue jugando, no estaría de más rememorar lo que Max Weber afirmaba respecto a la distancia existente entre los proyectos de los hombres y las consecuencias de sus acciones. Lo que una generación ha elegido libremente se transforma para las siguientes en un destino inexorable.
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