Parece que el principal atributo del candidato que Rassemblement National (RN) presentaba a las elecciones legislativas francesas para el puesto de Primer Ministro, si los números les daban, era no apellidarse Le Pen, ser joven y comportarse educadamente. Las dos primeras características no son per se ningún mérito, sino puramente accidentales (y la juventud, pasajera); y la educación, si por ello entendemos no resultar estridente en las formas, colisiona con la naturaleza intrínsecamente rabiosa del discurso nacional-populista. En el caso de Bardella, además, esa supuesta compostura no viene acompañada de algo parecido a una educación estructurada, pues abandonó imprudentemente los estudios superiores arrebatado por el torbellino del éxito rápido y por su condición de eurodiputado desde los veintitrés años. Tampoco le adorna un bagaje vital apreciable, pues su mérito principal no es profesional ni social, sino su astutamente canalizada ambición, bendecida por su mentora Marine por Le Pen. No ha tenido tiempo, ni probablemente el interés, de pasar sus prejuicios nacionalistas por el tamiz de la vida real y de la experiencia; y podemos comprenderlo desde el punto de vista humano, porque a sus 29 años han estado diciéndole toda la campaña que es el «yerno perfecto» y el revulsivo para reivindicar la autenticidad tradicional francesa frente a lo que consideran una amalgama multicultural. Aunque, chocaba la estrategia de dédiabolisation del RN con esa media sonrisa luciferina que se gasta: un recordatorio a los ciudadanos de que debemos defendernos no sólo de los charlatanes y extremistas que brillan en política, sino también de los encantadores de serpientes.
Es probable que, por ahora, nos hayamos librado de un gobierno del RN y de la carga de profundidad que, sentados en el Consejo de Ministros de la Unión Europea, representarían para el proyecto comunitario, que es la única construcción política capaz de asegurar la paz y la estabilidad de nuestro continente. También es, por cierto, la única en condiciones de afirmar a los propios países europeos, que, de otra manera se entretendrían con su soberanía (ahora que tanto se abusa del término) como un juguete roto e inservible, a merced de otros poderes y de los elementos, si no fuésemos capaces de compartir en el marco de la Unión una serie de políticas clave que nos hagan robustos.
Está por ver, no obstante, si de ésta, conseguimos quitarnos de encima toda la mercancía defectuosa que el discurso nacional-populista venía colocando, fulgurante, en las encuestas y exitoso en la conformación de la opinión pública. En estas elecciones legislativas francesas estaba a prueba el éxito del mensaje de prioridad nacional y la corriente profundamente xenófoba y nacionalista, incapacitada para la convivencia con otros sino es poniéndolos en posición subalterna. Y RN ha vendido con cierto éxito el mensaje de que un retorno a una Francia homogénea y uniforme era posible; que se podía vivir de espaldas a la realidad migratoria (o contra ella) aunque Europa necesite su aportación vital al crecimiento; que una suerte de autarquía industrial hiperproteccionista y estrictamente nacional era viable; que el mundo rural regresaría a una especie de Arcadia perdida sin regulaciones sanitarias y medioambientales; y que podían desentenderse de las grandes cuestiones en las que nos jugamos el futuro del continente (cómo frenar la agresividad de su admirado Putin o cómo dejar de vivir de espaldas a la orilla Sur del Mediterráneo, entre otras muchas). La receta nacional-populista pasaba por presentar como alcanzable, sólo mediando la voluntad, un modo de vida que no existe ni regresará, si es que en algún momento hizo acto de presencia. Un programa político divorciado irremisiblemente de la realidad que, de ponerse en práctica, nacería condenado a la melancolía, a la frustración y al conflicto, que es el campo donde florece el nacional-populismo, a la búsqueda permanente del enemigo que impide realizar el sueño nacional.
Como hemos visto en las elecciones al Parlamento Europeo, estamos lejos de superar la tendencia creciente del nacional-populismo y sus riesgos, empezando por el contagio autoritario a todo el espectro político. En buena parte de los países del entorno, el centro-derecha, lejos de remarcar sus rasgos propios liberales, cristiano-demócratas y europeístas, olvida que se puede ser parte decentemente de un entorno conservador. En cambio, se deja llevar por la zozobra de la competencia electoral del nacional-populismo. Entrando en la carrera del discurso securitario, de las guerras culturales y de la identidad, permitiéndose cada vez más licencias autoritaritas y militaristas, el electorado acaba por escoger el original radicalizado del nacional-populismo en lugar de la fotocopia gastada. El éxito del nacional-populismo en media Europa ha sido, en efecto, influir en buena parte la agenda política y volver la voluntad popular (la misma que sofocarían si fuese preciso) contra los derechos de una parte de la población. Un cóctel que, con las condiciones involutivas apropiadas (casi se diría, fisicoquímicas), en un contexto donde apareciese una crisis financiera, escalasen los conflictos o el contexto internacional se volviese más difícil, sería disolvente y peligroso, generador de las atmósferas explosivas tan del gusto del nacional-populismo, que las anima para acelerar procesos que ven indefectibles. Es el caso de los vectores de su movimiento, el choque de civilizaciones, una espesa y parda islamofobia (que recuerda en mucho al antisemitismo de entreguerras), el antiliberalismo, el retorno a una idea premoderna del orden basado en la dominación autoritaria, la reacción frente a la migración que abordan como si fuese un acto criminal y el combate frente a todo atisbo de integración y cooperación internacional, que consideran poco menos que un complot contra las naciones eternas e irredentas (todas ellas dispuestas a la confrontación si es necesario, en su visión darwinista) cuyo canon quieren manejar.
Parece que Francia se librará, al menos por ahora, de sumarse a la creciente lista de países donde delincuentes y oportunistas gozan del favor electoral mayoritario. Conviene recordar que evitar el abismo nacional-populista no es suficiente y, probablemente, de las siete vidas de la democracia liberal ya hayamos quemado unas cuantas. Así que ojalá las fuerzas que en Francia han sido capaces, no sin dificultades, de concertarse para sumar esfuerzos en la segunda vuelta de las elecciones legislativas, tengan la virtud de conformar un gobierno sólido, solvente, europeísta y apegado a los valores republicanos. Que traiga un poco de calma y de estabilidad, esa que nuestros vecinos del Norte necesitan para abandonar el cabreo permanente como motor de las actitudes políticas.
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