¿Juicio a Alice Munro?

Jose Cancio
Jose Cancio OVIEDO

OPINIÓN

Una imagen de archivo de la escritora canadiense Alice Munro.
Una imagen de archivo de la escritora canadiense Alice Munro. ROBERT HOWARD

El debate sobre si un escritor o un artista en general debe estar expuesto a que su actitud moral sea juzgada por sus admiradores es casi tan viejo como las primeras manifestaciones creativas del hombre. A los genios del  Renacimiento, por ejemplo, llámense Miguel Ángel, Leonardo o Caravaggio, tal  vez porque el paso del tiempo recubre el prestigio de una pátina benevolente, tal vez porque el pecado de hasta ayer mismo no lo es hoy, queremos eximirlos de ser enfrentados a la diosa ética por miedo a ser tildados de energúmenos culturales, en vez de arrebujarnos en la humildad de los ignorantes. Nadie se atreve a cuestionar la personalidad de quienes han demostrado un talento que trasciende los siglos. Lo que hicieran o simplemente se les atribuye pasa a ser  desconsiderado, se les perdona todo porque sabemos que de no haber existido tampoco llegarían a existir quienes en épocas posteriores de un modo u otro se han reflejado en ellos, recibiendo gratis el testigo. Pero no todo el mundo piensa lo mismo ni todo prescribe. Sin ir más lejos, el menosprecio y a veces hasta la crueldad con que personajes como Picasso o Neruda trataron a las mujeres les sigue pasando factura y nada hace pensar que la redención se llegue a producir, entre otras cosas porque su fallecimiento impide la expiación voluntaria, solo sus admiradores seguirán abogando para que prevalezca su prestigio. 

En estos días, ha salido a la palestra el nombre de Alice Munro a través de la carta escrita por su hija Andrea a un periódico canadiense, con el fin de denunciar que el segundo marido de su madre, Gerald Fremlin, empezó a abusar de ella a la edad de nueve años, allá por 1976, sin que su propio padre, Jim Munro, no solo no hiciera algo para impedirlo, sino que la siguió enviando a pasar  los veranos con Alice y su queridísimo Gerald. 16 años después, Andrea decidió contarle la nefanda historia a su madre Alice, cuya reacción hacia ella, para mayúscula sorpresa, fue más una recriminación por la infidelidad con su padrastro que horrorizarse por la noticia y buscar el modo de cobijar anímicamente a su violada hija. Este doloroso descubrimiento no impidió que Alice siguiera viviendo con Gerald hasta su misma muerte y que le dedicara encendidos elogios en un diario. Debía estar tan enamorada de su sombra que  no advirtió la contradicción en que incurría plegándose a su siniestra voluntad.  Se diría que pronunció: «Defiendo sin límites el feminismo, pero circunstancialmente puedo llegar a aceptar el machismo». Me gustaría que un grupo de psicólogos estudiaran y calificaran la personalidad de esta eximia escritora para comprender qué extraño proceso se fraguó en su imaginativa cabeza para ocultar el trato que le dedicó a su hija, ignorando, además, que algún día se conocería su historia familiar y pocos argumentos tendría para exculparse.  

¿Cuántas imágenes refleja este caleidoscopio? Unas cuantas y dignas de ser consideradas. Por una parte, debe reconocerse la nobleza o delicadeza de Andrea por no lanzar esta denuncia pública hasta la muerte de su madre,  acaecida hace tres meses. Quiero pensar que la voluntad impetuosa de hacerse justicia a si misma fue menor que la limpia intención de no perjudicar el buen nombre de Alice mientras viviera. También es un encomiable acto de valor que sus dos hermanas apoyaran la denuncia, a sabiendas de que, por si fuera poco  dolor airear este desagradable episodio familiar, al menos durante una buena temporada las ventas de la obra de su madre se pueden reducir considerablemente, con el consiguiente perjuicio económico a sus intereses  como herederas. No se puede negar que las tres han hecho prevalecer su deseo de que resplandezca la verdad, por encima de prestigios y dineros. ¡Cuántas conversaciones habrá habido entre ellas para tomar tan graves decisiones! 

En cuanto a la actitud de la propia Alice en esta tétrica historia, se escuchan voces que la relacionan con muchos cuentos escritos por ella, donde el papel masculino es tratado con cierta indulgencia, como un producto de aquellas tierras de la Canadá profunda, donde el instinto desmesurado y el primitivismo merecen comprensión y no la aplicación de la descalificación moral inmediata. Pero el relato de ese mundo neblinoso de mujeres sufridoras convirtió, paradójicamente, a Alice en un mito de trascendencia universal, como defensora  de la condición femenina. Tal vez al conocer la triste experiencia de su hija y el hecho de haber leído con toda probabilidad a Nabokov le exigieran encontrar alguna analogía con la historia de Lolita.

Otras voces se sitúan en posiciones radicalmente inclementes y abjuran de la Munro por haber estafado a muchos miles de incondicionales escondiendo su gélida y hasta cierto punto perversa personalidad, pues, según opinan, en ningún sentido puede resultar ejemplar ni abanderada de causa alguna quien ocultó ignominiosamente y durante tanto tiempo el sufrimiento de su hija. 

El caleidoscopio lanza una pregunta: ¿Qué actitud ecuánime se debe  adoptar con la Munro? Condenarla al oprobio puede ser injusto porque es negar sin contemplaciones lo mucho bueno que regaló a la literatura, los luminosos momentos en que sus seguidores se consideraron honestamente representados. Pero establecer una línea divisoria entre su personalidad literaria y la moral como pertenecientes a territorios perfectamente diferenciados, ya está siendo objeto de debate; es inevitable en una sociedad como la actual en la que a veces los ramalazos de hipocresía impiden una valoración ponderada. Así pues, ¿es la  faceta ética indisociable de la artística porque son cara y cruz de la misma moneda, o debe considerarse que el artista no merece ser denostado por su proyección moral más o menos cuestionable? La pregunta admite variadas respuestas, tantas como los personajes aludidos, y no es fácil decantarse por ninguna, quizá porque a cada reo le aplicamos la implacable sentencia de la decepción que a cada uno nos ha producido el conocer páginas inconfesables de su biografía. Y si finalmente prospera el perdón social, también puede ser un perdón injusto, pues de no ser Alice Munro un personaje de relevancia mundial es probable que nunca recibiera absolución y fuera condenada al desprecio de los pecadores anónimos. Las lapidaciones a otros personajes destacados parece que han producido menos dudas. Pero no conviene enredarse en este debate para no acabar también lapidado, ya sabemos que la moralidad, como el arte, está expuesta a los caprichos pendulares de la historia y de los  manipuladores que escriben sus páginas. Velázquez fue considerado durante varios siglos inferior a Rembrandt, Las Meninas no alcanzaban la maestría de La Ronda Nocturna, y eso ocurrió porque la España apagada estaba a merced de las versiones anglosajonas. Afortunadamente, hoy nadie se atreve a imponer cuál de los dos pintores es el número uno, igual que todos nos plegamos a la justicia aunque sus administradores nos sigan sorprendiendo con sus condenas y sus absoluciones, emanadas de su más purísima fibra ética.