Desde hace tiempo vengo observando (y hasta padeciendo sus consecuencias) la creciente tendencia que experimenta una buena parte de la sociedad a renegar de los matices y de las posiciones moderadas, abominando de la reflexión y el debate para instalarse en el «pensamiento de adscripción», la consigna hiperbreve y el relato «enlatado» que se consume precocinado en los fogones de los expertos en comunicación y no con la frescura propia de la elaboración personal.
Cuando me refiero a posiciones moderadas no aludo a indefinición ni a «no mojarse» sino a tener un pensamiento ponderado en el cual se puedan recoger argumentos de distintos discursos conformando de ese modo un compendio de aspectos valiosos y razonables procedentes tal vez de postulados a priori diversos. Es decir, acerca de un tema concreto la persona puede sostener tesis defendidas por una ideología y además poner en valor aspectos de otra en alguna cuestión concreta. En resumidas cuentas, lo que viene siendo la corriente conocida como eclecticismo y que no vamos a descubrir ahora por más que vivamos inmersos en un adanismo rampante. Pues bien, al practicar el pensamiento ecléctico es cuando surgen los modernos inquisidores que acusan de herejía al susodicho ciudadano que al no coincidir en la totalidad absoluta con el argumentario de un grupo pasa automáticamente a ser identificado como un enemigo declarado de dicho colectivo.
Me explicaré mejor. Vivimos en una sociedad donde cada vez es más difícil que veganos, vegetarianos y omnívoros puedan compartir mesa y mantel disfrutando cada uno de su menú sin sentir la necesidad de uniformar los menús de los demás. Una sociedad donde los automovilistas reniegan de los motoristas, los peatones de los usuarios del patinete y los ciclistas de todos los anteriores. Una sociedad donde los propietarios de perros reclamamos más servicios a disposición de las mascotas pero donde quienes no tienen mascotas opinan que se destinan excesivos equipamientos y derechos de acceso a espacios públicos a los canes. Así podríamos seguir con el enconado conflicto entre partidarios y detractores de la tauromaquia, de la caza, …y no digamos nada de otras cuestiones más espinosas y de mayor enjundia ( gestión de la inmigración, modelo de Estado, derechos civiles, identidad de género, etc…).
Quienes crecimos en la Transición fuimos en general educados en los valores del diálogo y se glorificó ante nuestras miradas infantiles y juveniles aquello de la reconciliación, el perdón mutuo y el abrazo entre viejos enemigos siendo un valor muy estimado el que consistía en escuchar al otro y alcanzar consensos. No en vano se emitían en horario de máxima audiencia programas como «La Clave» tan alejados en su formato y en sus objetivos de las actuales tertulias iracundas de trinchera y soflama.
El consenso fue la palabra mágica de nuestra juventud. Consensuar era bonito, civilizado y consistía en ceder algo desde posiciones alejadas para llegar a una feliz convivencia que, presuntamente, poco menos que abría las puertas de los Cielos. En este momento los Cielos según parece toca tomarlos por asalto, supongo que arrollando al bueno de San Pedro y sin picar a su puerta con consensos ni zarandajas. Eso de consensuar es cosa de «bienquedas» (palabro que no palabra que me parece horripilante en el fondo y en la forma). Ahora consensuar es cosa de tibios y ser tibio resulta ser algo así como melifluo, taimado, hipotenso, flojeras…que «ni p’acá ni p’allá» en términos castizos.
En definitiva, en esta España del conmigo o contra mí (y no solamente es un fenómeno de nuestro país) hay que enfundarse la camiseta correspondiente y unas anteojeras que no te distraigan de aquella senda trazada por los que saben realmente cómo debemos pensar y qué tenemos que decir y cuándo nos corresponde callar... bueno, callar las más de las veces. La pega a todo esto es que las anteojeras se han hecho para las acémilas y además ni siquiera mis amados equinos —cuya sensibilidad e inteligencia creo que nadie ponga en duda— se las pondrían en ningún caso por voluntad propia. Por eso, en esta cultura de redes y enredos, es cotidiana la creciente persecución a los tibios o eclécticos, en cuanto discordante ejemplo de constructores de puentes y artífices de diálogos puesto que realmente no hubo tibieza sino generosidad y grandeza y compromiso histórico en quienes desde el consenso una vez perdonaron y abrazaron a sus viejos enemigos y no hay nada más revolucionario e incómodo para los poderes fácticos de cualquier índole que el diálogo, la comprensión y la construcción de una conciencia colectiva basada en el respeto, la unidad y el desarrollo de la sociedad.
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