Emparedada entre Estados Unidos y China, la Unión Europea afronta un futuro poco esperanzador. Es quizá la principal conclusión del informe de Mario Draghi, el todopoderoso expresidente del BCE, que ha advertido sobre las consecuencias de la falta de una política industrial común que frena la competitividad del viejo continente, atenazado por los dogmas imperantes que han conducido a una «lenta agonía». Mientras, las dos grandes superpotencias tratan de liderar la transición energética y la revolución tecnológica. Como casi siempre, la pelota está en el tejado de Alemania, siempre reacia a que la deuda conjunta financie las aventuras de todos los socios. Sobre la mesa hay un ingente despliegue de recursos: nada más y nada menos que 800.000 millones de euros de inversión anual. Draghi sugiere que se recurra al endeudamiento público (como sucedió tras la pandemia) para recuperar el terreno perdido con Estados Unidos y China. Una especie de New Deal, el plan de inversiones con el que Roosvelt rescató a los estadounidenses de la Gran Depresión, y que el exprimer ministro italiano pretende ahora utilizar para sacar a Europa de lo que podría bautizarse, también en mayúsculas, como el Gran Agujero: el relacionado con el comportamiento diferencial negativo de la riqueza europea respecto a la estadounidense como consecuencia de una menor productividad. Algo que tiene que ver, fundamentalmente, con el papel que desempeña la innovación. Sirva un dato como ejemplo, apuntado hace días en las redes sociales por el economista Luis Garicano. Ninguna empresa de la UE con una capitalización de mercado superior a 100.000 millones de euros se ha creado desde cero en los últimos cincuenta años, mientras que en este período han nacido seis empresas estadounidenses con una valoración superior a 1 billón de euros. Ahí es nada. No se trata de una comparación baladí, sino del reflejo de una tendencia que viene de lejos y se ha ido cronificando.
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