A mediados del siglo XIV se bendijo la catedral de Notre Dame, después de casi doscientos años de construcción en la que, como a la mayoría de los gigantescos templos medievales, las guerras, las pestes y avatares diversos ocasionaron serios contratiempos. Más allá de ser la tercera mayor catedral del mundo, tras la de Colonia y Milán, y de representar junto a la de Reims y Amiens lo mejor del gótico francés, su carga simbólica no tiene límites, convirtiéndose en una referencia ineludible no solo para los cristianos. Cuatro siglos más tarde, la Revolución la distinguió como un atractivo blanco de sus iras y la sometió a un saqueo masivo, se destruyeron con entusiasmo estatuas y ornamentaciones y se atentó con todo lo que de una manera u otra pudiera relacionarse con el despotismo monárquico. Iniciado el XIX fue recuperada por la Iglesia, pero las masas populares debían seguir escuchando todavía los ecos jacobinos cuando se mostraban dispuestas a abatir definitivamente ese ejemplo del denostado gótico. Sin embargo, no se podían imaginar en la contradicción que incurrirían años después por culpa (o gracias a) de Víctor Hugo, abiertamente partidario de encumbrar el gótico por encima del barroco. La inmensa popularidad de la romántica historia de Esmeralda, Quasimodo y Frollo que narró en su Nuestra Señora de Paris despertó un fervor exaltado hacia la catedral, hasta el punto de que fue necesario rescatarla de su lamentable estado y abordar una urgente restauración por si la negativa desataba la cólera ciudadana. De la obra, que se extendió a lo largo de siete años de complicadas tareas, se encargó el arquitecto sin título Viollet-le-Duc, un interesante personaje no precisamente modesto («Los edificios no deben restaurarse para recuperar su estado original, sino para conseguir el estado en el que debieron ser proyectados y no lo fueron»), cuyas teorías ejercieron en Gaudí, Horta y otros ilustres una poderosa influencia que no se puede discutir. Su osadía en Notre Dame lo impulsó a levantar la altísima aguja central que hace cinco años se desmoronó y en pleno incendio causó enormes estragos en el edificio. Y llegó a pecar con el despotismo de los iluminados cuando no tuvo reparo en proponer la demolición de las casas aledañas que, como solía ocurrir con otras catedrales, tenían sus fachadas a una distancia escandalosamente cercana, impidiendo la contemplación admirada de los peregrinos. Con esta decisión de disponer una explanada o una plaza de dimensiones generosas que rodeara el templo o al menos dotara de solemnidad a su acceso principal, convenció también a generaciones posteriores de la oportunidad de adoptar esta «elemental estrategia».
Ocurrido hace apenas cinco años el lamentable incendio, se convocó un concurso para seleccionar el proyecto que más convenciera a entendidos y profanos, más a estos últimos, creo yo, si las autoridades recordaban los motines de un siglo antes en favor del mítico edificio. El tiempo dirá si se ha acertado con la respuesta elegida que ahora se ofrece a los ojos embelesados de la muchedumbre, como los juguetes a los niños el día de Reyes. Por un lado, el color claro y la iluminación convencerán a quienes, según está demostrado, asocian irremediablemente la arquitectura al color blanco y la luz inmaculada al bien como concepto. Por otro, el edificio tendrá que luchar contra la memoria popular que recordará a sus fieles haber permanecido allí desde siempre envueltos en un ambiente de penumbra, también inmediatamente asociable al recogimiento y la religiosidad que parece exigir el respeto a las creencias.
La piedra caliza, enmohecida y degradada por el hollín en muros, columnas y arcos, a partir de ahora les producirá a muchos visitantes la sensación de presenciar un encalado superficial (por no llamarlo un maquillaje vistoso y resultón), los brillos y efectos simbólicos generarán rechazos a los muchísimos detractores del oropel profano, y el despliegue lumínico y las vidrieras enaltecidas de color podrán asemejarlo los menos devotos a un escenario de feria en busca del reclamo fácil. Ojalá Notre Dame no se convierta burlonamente en Votre Dame para eludir responsabilidades con la historia.
En fin, será mejor pensar que para unos y otros las demoníacas gárgolas seguirán ocultando su mágica leyenda sobre Juana de Arco aunque por sus tripas no pase la lluvia.
Es justo reconocer que esta controversia sobre las preferencias y los gustos ha existido desde que el hombre descubrió la capacidad de opinar libremente. Y es buena noticia, porque la unanimidad se reduce a un tiempo limitado, como nos enseña la experiencia, y lo que en el mejor de los casos fueran acuerdos y unanimidades se transformarían en indeseables disensiones. Ocurre con cualquier manifestación artística: la vigencia de lo indiscutiblemente hermoso dura lo que un buen día deja de durar. Moda, gusto cambiante y caprichoso, gorduras y anorexias, el Greco y Goya. Esos ejemplos y bastantes más se pueden poner sobre la mesa, pero hoy nadie se atrevería a calificar a los Beatles como unos melenudos chillones ni a Picasso como un pintamonas embaucador.
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