Hay una estupenda película de Otto Preminger que en España se tituló: «Tempestad en Washington». En una simpática escena de ella, que discurre en el Senado de EEUU está a punto de procederse a una importante votación, ante lo ajustado del resultado de la misma han de avisar a un viejo senador que duerme plácidamente. Al sentirse interrumpido de su sueño exclama de súbito: «Me opongo, me opongo rotundamente». Aunque parezca este proceder una actitud de escasa ética es más decoroso que votar afirmativamente simplemente porque lo digan los dedos de cualquier portavoz. Algo parecido se le atribuye a Miguel de Unamuno, quien irrumpió en una reunión proclamando: «No sé de qué se trata, pero me opongo». Cabe suponer que el sabio vasco una vez llegó al fondo de lo que se trataba votaría según su criterio, que de eso le sobraba.
Formas similares de proceder son frecuentemente observadas en nuestro quehacer diario. A menudo vemos gigantes donde solo hay molinos. A menudo, sin una mínima valoración, emitimos una sentencia inapelable. A menudo, llevamos la contraria por cabezonería. En el seno de cualquier hogar él plantea salir a cenar el viernes y ella busca una excusa. Ella estudia opciones para el veraneo y él dice estar harto de playa. En el ayuntamiento reordenan el tráfico y una calle pasa a ser de dirección única. El 80% de los afectados expresan su radical disconformidad.
En los últimos días se habla sin cesar de los parques de baterías. Hay pocas referencias a su necesidad, a su interés, a sus ventajas, a sus riesgos, solo se comenta el rechazo que provoca a lo largo y ancho de Asturias. Es evidente que nadie quiere tal cosa delante de su portal, pero por lo que se dice se instalarán en zonas industriales en desuso o en todo caso en zonas rurales alejadas de núcleos de población. El Principado está en vías de elaborar el reglamento que rija todo lo que conllevará este proceso. Se ha de estar vigilante, pero no pasarse en el celo.
Hay brotes de tuberculosis bovina y se pone en el punto de mira precisamente a quienes tratan de erradicar la enfermedad. Cuando nos erigimos en médicos, en veterinarios, en científicos sin serlo hacemos gala de ese quijotismo tan impregnado en nuestro modo de ser. Es fácil alentar a las personas que sufren, a quienes han de sacrificar a su ganado, pero no se acierta si prima la opinión de voceros de última generación y se desprecia el saber de expertos. Esta enfermedad es bien conocida en Asturias y gracias a las medidas tomadas se ha contenido, no es momento de aflojar la cuerda.
Igual se puede hablar de la mina de oro de Salave, de los aerogeneradores marinos, de las cuotas de pesca, y así un largo etcétera.
Bien está no comulgar con las propuestas de quienes nos gobiernan, pero mejor estaría que resurgieran conciencias críticas y no comulgar con ruedas de molino.
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