La epidemia cambió, o truncó, las vidas de millones de personas, las de quienes perecieron y sus familiares y las de los que sufren secuelas permanentes. Sin embargo, no modificó el devenir de la humanidad, al menos en aquellos aspectos sobre los que elucubraron tantas mentes privilegiadas. No era previsible que tuviera más consecuencias que la gripe de 1918, mucho más mortífera, o las de la peste en las edades media y moderna, pero cuánto se escribió sobre utopías y distopías, sobre cómo íbamos a evolucionar tras su final.
Hubo una demanda momentánea de casas con jardín o terraza, pero el mercado se encargó pronto de imponer sus dictados. Ahora, lo que importa es conseguir un cobijo que se pueda pagar, las fantasías quedan para los ricos. No parece que vayan a cambiar ni el urbanismo ni la arquitectura, más bien renace el hacinamiento. La preocupación por la naturaleza y la ecología decae. Ni siquiera se ha realizado lo más razonable: el incremento del presupuesto destinado a la sanidad y el aumento del número de profesionales. Cinco años después de su inicio, en España las quejas sobre la atención primaria y las listas de espera para especialistas y operaciones quirúrgicas son generales y en los Estados Unidos están en peligro los tímidos avances de las presidencias de Obama y Biden.
Sí es cierto que se ha impuesto el carpe diem. Los confinamientos han dejado como secuela un deseo irresistible de estar en la calle, a poder ser en masa y con el máximo bullicio, y de viajar. Es una moda que no se ha visto frenada por la inflación, al contrario, alimenta ese mal. Hosteleros y hoteleros siempre han sido proclives a aprovechar cualquier aumento de la demanda y los precios se han vuelto astronómicos, pero los clientes no disminuyen, como mucho, intentan ahorrar algo consumiendo menos, lo que exaspera a los mesoneros más irritables, esos que consideran que le hacen un favor al cliente cobrándole, que buscan nuevos medios de explotar la gallina de los huevos de oro con límites de tiempo para el uso de las mesas o la expulsión de quien en un grupo no desea consumir nada en ese momento, incluso con negativas a servir vasos de agua o iniciativas contra los niños. Para los amantes de la tranquilidad y la buena educación disfrutar de la hostelería resulta cada vez más difícil.
Esa tendencia al ocio callejero, viajero y multitudinario ya se atisbaba antes de 2020, pero ha explotado con el retorno de la normalidad. Tampoco es nuevo el uso de las redes sociales, pero los encierros domiciliarios añadieron nuevos adeptos y multiplicaron el número de «influencers» y opinadores. Los charlatanes de chigre comprobaron que podían escribir en el ordenador sus ocurrencias y conseguir, hipotéticamente, una audiencia multitudinaria, proliferaron también los que se animaban a subir vídeos. Internet se llenó de sabihondos, comenzó a rebosar estupidez. Esa puede ser una de las causas de la principal secuela de la pandemia: ¡el mundo se ha vuelto más tonto!
No he leído ningún estudio que indique que el COVID tenga efectos negativos para la capacidad intelectual de los seres humanos, por eso atribuyo la nueva situación al gran impulso que Internet y las redes sociales conocieron durante los confinamientos. Pudo haber sucedido lo contrario, siempre me irritaron los bobalicones que, extasiados ante las pantallas, creyeron que en ellas se podía encontrar toda la sabiduría producida por la humanidad, los que auguraron el fin de la utilidad de la memoria e incluso de los profesores, pero lo cierto es que, bien manejada, Internet es una herramienta utilísima, pero solo eso. Si la usa un ignorante es difícil que le saque provecho, lo mismo sucede con los vagos, la información seria sigue obligando a leer y a pensar, aunque el soporte de los textos sea diferente.
Hay otro factor secundario que influye en el incremento de la tontería y que espero que en España tenga corta vida. Los pedagogos ministeriales descubrieron que si no se exigía en la corrección de los exámenes y se multiplicaban las opciones en las preguntas, como se hizo con el pretexto de las interrupciones que sufrió la enseñanza presencial, se acababa con el fracaso escolar ¡aprobaban todos los alumnos! y hasta los más reticentes lograban entrar con altas notas en la universidad. Eso sí, los estudiantes llegaban al primer curso de los grados universitarios sin saber escribir con corrección y con dificultades para comprender un texto, pero sobradamente titulados. Esa tendencia a confundir el éxito en el aprendizaje con la titulación universal venía de atrás, pero se fortaleció con la pandemia. Menos mal que, al menos en las pruebas de acceso a la universidad, parece que se quiere corregir. Me temo que la degradación del sistema público de enseñanza es una de las causas de que en Estados Unidos la tontería haya logrado una expansión máxima.
Los cuñados se han empoderado, no va a ser fácil devolverlos a los bares y las comidas familiares. Lo peor es que la ola de tontería ha llevado al poder a los gobernantes más estúpidos y desvergonzados en Estados Unidos y fortalecido a las extremas derechas en todo el mundo. Renacen el fanatismo religioso y el nacionalismo. La ultraderecha hispánica, que no ha abandonado la estupidez ni el antisemitismo, pero, en su odio, ha sustituido a unos semitas por otros, dice defender a los judíos, al expansionismo racista y cruel de Netanyahu, y cae en la islamofobia más criminal. Con la colaboración de, al menos, un sector del PP, véase lo que sucede en la comunidad valenciana, pide ahora que España, como Trump, deje de apoyar a la ONU y de enviar ayuda humanitaria a Palestina.
Tampoco se libra de la enfermedad parte de la izquierda. Asombra que no vean la contradicción que supone que el mayor líder antiglobalización y enemigo de la OTAN sea Donald Trump, que va camino de convertirse en el aliado del que consideraban hasta ahora líder antiimperialista, Vladimir Putin, el nuevo zar empeñado en redimir al mundo no con la lucha de clases, sino con agua bendita y el combate contra los pecadores libertinos y sodomitas y las mujeres que no se resignan a su histórica misión de servir a los hombres y darles hijos, todo ello bajo el manto protector de la santa madre Rusia y su vocación de imperio.
La estupidez conducirá al fracaso de esa patulea de charlatanes, pero antes pueden hacer mucho daño. Son necesarios los mayores esfuerzos para lograr que esta epidemia de barbarie y estulticia se frene, la única vacuna consiste en combinar la razón con la solidaridad con el resto de los seres humanos, en luchar cada día para que triunfen la inteligencia, el respeto a los demás y la fraternidad, y, con ello, en trabajar para fortalecer a Europa.
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