Si hay un lugar en el estado español donde funcione aquello del voto y la política útil es Asturias. Y es que si existe un político que navegue por cualquier agua con la habilidad de un marinero experimentado es Adrián Barbón. El de Laviana felicita el 14 de abril al mismo tiempo que rinde pleitesía a los Borbones en los Premios Princesa de Asturias. Tiene Barbón una capacidad natural para hacer un discurso grandilocuente sobre la sanidad pública y, a la vez, abrir las puertas de par en par a Quirón. Una sagacidad inconmensurable para llamar «circo» a una comisión parlamentaria por un accidente que segó la vida de cinco mineros, mientras que se le llena la boca de transparencia y Constitución de 1978. Y una virtud sin parangón para repetir la palabra democracia al tiempo que en la red X tiene bloqueada la posibilidad de respuesta.
Y es que en su estilo de hacer política Adrián Barbón ha desarrollado una marca propia. Su distintivo es el del gestor que está ahí para resolver cualquier problema, siempre que ello implique salir en una buena foto como el salvador del Principado. Esta marca le ha permitido seguir una hoja de navegación particular al margen del PSOE, incluso escondiendo sus siglas en varias ocasiones. En el propio Congreso del partido en Asturias, celebrado en enero, el nombre de la organización a la que tanto le debe no apareció apenas. Lo que sí que estaba, bien grande y legible, era la palabra «socialista». Porque Adrián Barbón es Asturias.
Y Asturias es socialismo. Así que Adrián Barbón es el héroe que nos salva cuando vienen mal dadas con unas instituciones públicas ejemplares. Para muestra un botón: en uno de los últimos vídeos que tanto le gusta hacer desde su sillón presidencial alabó su idea de poner en marcha la Consejería de Gestión de Emergencias como una de las razones para que nada se desmadrase durante el apagón. Pero, si dejamos al lado el brilli brilli y la purpurina, encontramos la dura realidad a la que nos enfrentamos las y los asturianos de a pie, lejos de los focos y las campañas publicitarias.
Dice el señor Barbón que Asturias vive una ola de reindustrializacón, que está haciendo crecer el empleo y que dará futuro y sustento a quienes aquí pretendemos desarrollar nuestros proyectos de vida. Sin embargo, las cifras hablan por si solas. Entre otros factores, la baja tasa de fecundidad en Asturias nos condena a una perdida poblacional que se estima en más de 40.000 habitantes en los próximos 15 años. A Adrián Barbón no se le va a ocurrir decir, cómo haría Tini Areces, que esto es una «leyenda urbana», pero asegurará estar en el camino de corregir las dificultades para que las familias puedan criar. Por ejemplo, mediante el establecimiento de una red pública de escuelas infantiles de 0 a 3 años.
Y es que lo que Adrián Barbón no tiene, en toda su magnificencia de líder sin igual, es la experiencia de la paternidad. Y eso se nota. Porque, de lo contrario, no pensaría que se resuelve con tanta facilidad el problema de la conciliación de la vida laboral y familiar. No se le ocurriría que lo único que esperamos las madres asturianas es dejar a nuestros hijos en las escuelas infantiles para ir corriendo a producir y sostener una vida que no tenemos apenas tiempo de vivir. Será que Adrián Barbón lleva demasiado tiempo siendo Presidente sin sentir el aliento en el cogote de una izquierda transformadora que le exija más y mejores políticas sociales. Que le haga mirar de frente la precariedad laboral asturiana, la siniestralidad a la que se enfrentan las y los trabajadores y la pobreza. Que no le consienta llamar circo al debate parlamentario cuando estamos exigiendo transparencia y rendición de cuentas por un accidente laboral mortal.
Que le diga que no vale presumir de aumentar la inversión en gasto militar del Gobierno español porque así también aumentará el papel de la industria asturiana. Básicamente, porque nos está contando una enorme mentira, y él lo sabe. Que le recuerde que tenemos un turismo precario y estacional que necesita una regularización concreta para garantizar que la riqueza del sector se queda en Asturias y, sobre todo, que se reparte entre los y las asturianas. Que le mente que no puede haber retrasos con las obras del hospital de Cabueñes mientras se pone una alfombra roja a la sanidad privada a través de Quirón.
Una izquierda que hable de feminismo como herramienta de transformación, de República como horizonte de lo posible y de paz como único camino para garantizar derechos y justicia social para la clase trabajadora. Una izquierda que no se parece en nada a Adrián Barbón ni al PSOE. Una izquierda real, más necesaria que nunca.
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