Francisco, el Papa que incomodó al lobby reaccionario: ética social frente al fanatismo vengativo

José López Antuña
José López Antuña JUSTICIA Y REALIDAD

OPINIÓN

El papa Francisco, en un aimagen del 2020
El papa Francisco, en un aimagen del 2020 IPA / Sipa USA / Cordon Press

10 may 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

«A los que hablan con el corazón, los sordos del alma les gritan con odio»

«Veritas odium parit»

(La verdad engendra odio)

Publilio Siro

El respeto a los muertos debería ser uno de los pilares de toda sociedad civilizada. Sin embargo, ciertos altavoces del Neointegrismo político, religioso y mediático han vuelto a exhibir una incontinencia verbal indecente con motivo del fallecimiento del Papa Francisco. Entre los improperios más notorios destaca el del señor Jiménez Losantos, quien, sin recato ni humanidad, ha declarado con tono de celebración: «por fin nos ha dejado», para acto seguido calificarlo como parte de una «generación criminal». Esta infamia no es solo una obscenidad ética: es también un ataque a la memoria, a la dignidad y a la decencia que toda persona, creyente o no, merece en su tránsito final.

Pero ¿por qué tanto odio hacia quien intentó humanizar una institución secular tan impermeable al cambio como la Iglesia Católica? La respuesta está en la raíz de la confrontación entre dos modelos irreconciliables: el de una fe encarnada en la justicia social y el de los guardianes del dogma al servicio del fundamentalismo católico. Francisco representó, con sus aciertos y limitaciones, un intento real de acercar el catolicismo al siglo XXI. Su mensaje incomodó porque no fue complaciente. Habló de la desigualdad estructural, de la explotación laboral, de la destrucción ambiental, de la acogida a migrantes y refugiados, del derecho de las mujeres a ocupar espacios en la Iglesia, de la verdad frente a los abusos sexuales. Y lo hizo no desde una visión clerical, sino desde una opción preferente por los últimos.

Quienes vociferan contra él no le perdonan que haya puesto el Evangelio por encima de la conveniencia política. No soportan que denunciara la hipocresía de quienes invocan a Dios mientras reprimen al necesitado, ni que renunciara a los oropeles del poder vaticano para abrazar la sobriedad franciscana. No le perdonan que criticara la idolatría del mercado, ni que defendiera la fraternidad como principio político. En suma, lo detestan porque encarnó una Iglesia incómoda para la vieja guardia clerical y política.

Desde el punto de vista jurídico, el discurso del odio se define no sólo por lo que se dice, sino por su intención de deshumanizar al otro. Y hay líneas que no pueden cruzarse en un Estado democrático. Utilizar un altavoz mediático para vejar al líder espiritual de millones de personas, reduciéndolo a caricatura ideológica, puede ser una forma de violencia simbólica que vulnera los derechos fundamentales protegidos por el artículo 18 de nuestra Constitución, y que se acerca peligrosamente a lo tipificado en el artículo 510 del Código Penal.

Pero más allá del marco legal, lo que está en juego aquí es el alma de la convivencia democrática. Si permitimos que la injuria sustituya al debate, que el odio eclipse la reflexión, que la muerte se convierta en escarnio, estamos desandando el camino de la civilización. No se trata de canonizar a nadie, sino de reconocer la valía de quien, desde una institución tan lastrada como la Iglesia, tuvo el coraje de señalar las heridas del mundo contemporáneo.

Francisco no fue perfecto. Ningún ser humano lo es. Pero fue, al menos, un hombre que intentó acercar la fe a los valores de la justicia, y no al revés. Su legado está en la dignidad con la que habló de los descartados, en la valentía de sus gestos, y en la resistencia de quienes hoy siguen creyendo en una espiritualidad que no excluye, no impone, no acumula, no abusa, no silencia.

Frente a los que sólo saben odiar, su memoria seguirá viva como una brasa moral que ilumina las sombras de la indignidad.

La reciente elección del Papa León XIV —estadounidense y de perfil conciliador— parece responder a la necesidad del cónclave de apaciguar las tensiones internas provocadas por los sectores ultraconservadores, especialmente en EEUU. Sin embargo, esta elección podría suponer también una pausa preocupante en el proceso de renovación que Francisco había iniciado: una Iglesia más pobre, más humana, más justa y menos aliada con el poder terrenal. El reto ahora será que la conciliación no signifique retroceso, y que los puentes no se levanten sobre el olvido de los pasos valientes que aún quedan por consolidar.

«Dignitas ultra mortem fulget, odium suum funestum devorat».

(La dignidad brilla más allá de la muerte; el odio se consume en su propio funeral.).