Populismo autoritario, codicia y geopolítica: las claves de una amenaza global para la democracia y los derechos humanos. Primero callaron las leyes, luego hablaron los cañones; después fue demasiado tarde para defender la justicia. No es la patria lo que aman, es el poder lo que idolatran.
La historia reciente demuestra que la política internacional ya no se rige por la ética de lo público ni por la búsqueda del bien común y el interés general. La llegada al poder de líderes como Donald Trump, Vladimir Putin, Javier Milei o incluso figuras no electas como Elon Musk evidencia una nueva realidad: el poder político se ha convertido en una extensión del poder económico. Estos personajes gobiernan no para servir a sus pueblos, sino para proteger sus intereses personales, patrimoniales y empresariales, subordinando el Estado de derecho, la legalidad internacional y los derechos fundamentales a su ambición desmedida.
Estamos asistiendo a una peligrosa degeneración de las instituciones democráticas. La manipulación de los procesos electorales, el cuestionamiento sistemático de los tribunales y organismos de control, y el desprecio a los tratados internacionales son prácticas comunes en estos nuevos regímenes autoritarios de apariencia democrática. En nombre de la «libertad», se socavan derechos básicos; en nombre de la «soberanía», se destruyen alianzas que durante décadas garantizaron la paz y la cooperación global.
La economía también ha sido secuestrada por esta lógica de dominación. La imposición de aranceles indiscriminados por parte de EEUU, las guerras comerciales con Europa y China, el uso del gas, el petróleo y las criptomonedas como armas de presión y chantaje, y los recortes masivos en servicios públicos esenciales como la educación o la sanidad, son síntomas de un sistema diseñado para beneficiar a unos pocos. Las consecuencias sociales son alarmantes: desempleo, empobrecimiento de las clases medias, aumento de la desigualdad y deterioro acelerado del tejido democrático.
Desde el punto de vista jurídico, este contexto representa una amenaza real al orden constitucional y al derecho internacional. La supresión de contrapesos, el desprecio a las sentencias judiciales, la persecución a la prensa libre y la erosión de las libertades civiles deben ser interpretadas como señales de alarma. El Derecho no puede ser rehén de los mercados ni de líderes autoritarios. Es imprescindible recuperar el valor normativo de la Constitución, el respeto a los tratados de derechos humanos y el fortalecimiento de las instituciones garantes, como los tribunales constitucionales, las defensorías del pueblo y los organismos internacionales de supervisión y denuncia.
Pero lo más grave es el desprecio por la vida y la paz. El rearme global, la escalada de conflictos como el de Ucrania o Gaza, la amenaza de abandono de alianzas defensivas como la OTAN y el empuje hacia una nueva guerra fría o incluso una tercera guerra mundial, ponen en peligro no solo la estabilidad geopolítica, sino la supervivencia misma de millones de personas inocentes. Estos nuevos gobernantes no buscan desescalar tensiones; al contrario, alimentan la confrontación porque creen que el miedo, el caos y el nacionalismo exacerbado son las herramientas más eficaces para perpetuarse en el poder.
España y Europa no son ajenas a esta deriva. Los discursos ultranacionalistas que aquí se disfrazan de «patriotismo» no hacen más que replicar modelos que, lejos de beneficiar a nuestras economías o sistemas sociales, los debilitan gravemente. Apoyar a estos dirigentes supone ir contra nuestros propios intereses estratégicos: perder soberanía energética, poner en riesgo nuestras exportaciones, recortar derechos laborales y sociales y marginar a millones de personas por su origen, identidad o condición social.
El futuro de la democracia, la justicia y los derechos humanos no está garantizado. Dependerá de que las sociedades reaccionen a tiempo. No se trata sólo de votar, sino de estar informados, de defender activamente la legalidad democrática, de no caer en las trampas del discurso fácil y del enemigo inventado. El silencio es cómplice y la neutralidad, en tiempos como estos, se convierte en traición a los principios más elementales de justicia y dignidad. El mundo, una bomba de relojería, espera a que alguien decida no cortarle el cable equivocado.
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