Se impone actuar, no se puede tolerar ni un día más la masacre de la población civil y la destrucción de Gaza. Ya sobran los análisis, los lamentos y las condenas. Un mundo que ha aceptado la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se considera civilizado, no debería mantenerse como mero espectador. Poco puede esperarse de los Estados, generalmente solo dispuestos a obrar en defensa de sus intereses, por mucho de que en ocasiones los disfracen con principios altruistas, pero ¿qué ha pasado con la opinión pública? ¿Ha desaparecido la solidaridad?
Leí no hace mucho un ensayo en el que el autor, muy crítico con las izquierdas actuales, daba por muerto el internacionalismo proletario debido a la desaparición del proletariado, pero olvidaba que el internacionalismo de la Edad Contemporánea fue también liberal, democrático y republicano, no solo socialista. En 1821, el zar Alejandro I había abandonado a Alejandro Ipsilantis porque prefería una Grecia sometida al imperio turco antes que revolucionaria y democrática. La rebelión prendió de todas formas, pero las potencias occidentales miraban para otro lado a pesar de la matanza de Quíos, que Delacroix convirtió en imagen para el mundo. En muchos países se recaudó dinero para los patriotas griegos, se alistaron voluntarios, algunos tan conocidos como Lord Byron. Finalmente, la opinión pública forzó a los gobiernos del Reino Unido y Francia a intervenir.
Es un ejemplo de hace dos siglos, cuando el proletariado estaba naciendo y eran los liberales, que sostenían que todos los seres humanos son iguales al nacer y poseen derechos inalienables, como la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, los que se movían desde los medios de comunicación y en las calles; donde podían, también en los parlamentos. En esas mismas fechas, la España condenada por la Santa Alianza y oprimida por Fernando VII recibió el apoyo de los amantes de la libertad en Europa y América y sus exiliados la acogida de los británicos y de los norteamericanos, Rafael del Riego se convirtió en un símbolo a ambos lados del Atlántico.
Más reciente es la solidaridad internacional, y en los propios Estados Unidos, con Vietnam, que reviví estos días en mis clases y gracias a una interesante serie documental de Movistar. Hoy, Donald Trump castiga a la Universidad de Harvard por su apoyo al pueblo palestino, entonces era general la rebelión universitaria contra la guerra. El 4 de mayo de 1970, la guardia nacional disparó contra una manifestación de estudiantes de la Universidad de Kent, Ohio, cuatro resultaron muertos, otros nueve fueron heridos de bala, uno de ellos quedó inválido. A los pocos días, más de 100.000 personas se manifestaron en Washington pidiendo responsabilidades y el fin de la guerra. La masacre fue esta vez inmortalizada por Crosby, Stills, Nash & Young. Nixon aceleró la retirada de Vietnam; el 1 de mayo de 1975, ya sin tropas norteamericanas, caería el régimen de Saigón.
Es cierto que, todavía en fechas más próximas, no pudimos impedir el ataque de Estados Unidos y sus satélites sobre Irak, pero, al intentarlo, nos libramos de ser cómplices de la ignominia. Tampoco la solidaridad internacional con la España sometida a la dictadura del general Franco logró derribarla, pero salvó vidas y contribuyó a suavizar la legislación del régimen.
El internacionalismo solidario encarnó los mejores valores de la humanidad en los siglos XIX y XX ¿Dónde están hoy las izquierdas? ¿Dónde los sindicatos? ¿Dónde los demócratas, los defensores de los derechos humanos? Las encuestas indican que la mayoría de la población condena la barbarie del gobierno israelí, pero parece que se limita a lamentarse en casa y multiplicar inútiles wasaps, a firmar peticiones en Internet, que no llegan a ninguna parte o van directamente a la papelera, o a desahogarse en las redes sociales. Los niños de Gaza no forman parte de la realidad virtual, lo que vemos en televisiones y periódicos y lo que escuchamos por las radios es tan material como insoportable.
Sabemos que la ONU solo sirve para pronunciar discursos y la Asamblea General para conceder inútiles apoyos morales, salvo en 1950, cuando Stalin sufrió uno de sus insólitos despistes y permitió que el Consejo de Seguridad diese cobertura a la intervención norteamericana en Corea. La «comunidad internacional» es un irritante eufemismo, que se creó por Estados Unidos para sortearla. La OTAN jamás se preocupó por la democracia y los derechos humanos, que se lo pregunten a portugueses, griegos y turcos. La Unión Europea está cada vez menos unida en la defensa de esos valores. Los dirigentes árabes son unos déspotas mercachifles. No podemos confiar en los Estados, pero sí tenemos la obligación de intentar influir en ellos, aunque fracasemos.
No debería ser una cuestión de izquierdas o derechas. Defender el derecho a la vida y a la libertad de los palestinos no es apoyar el terrorismo, menos todavía signo de antisemitismo o nazismo. Si algo recuerda lo que está haciendo Israel en Gaza es lo que sucedió en el gueto de Varsovia. Es difícil comprender que alguien respalde al criminal gobierno israelí después de la confesión de Netanyahu de que había sido él, por medio de Qatar, quien había financiado desde 2018 a la que ahora llama organización terrorista. Un escándalo que se combina con sospechas de corrupción. La irresponsabilidad de Netanyahu no blanquea el criminal ataque del 7 de octubre de 2023, igual que este no justifica la destrucción de la franja de Gaza, el asesinato de miles de personas y la pretensión de someter a millones a una terrible hambruna. Eran los nazis los que asesinaban a diez inocentes por cada muerto que causaban los partisanos. Si algunos parecen tener a Hitler como modelo, son precisamente el primer ministro israelí y esa banda de racistas, de supremacistas, que ha integrado en su gobierno.
Es estúpido e inmoral repetir como excusa que Israel es una democracia, también lo era la Sudáfrica de los Bantustanes, aunque solo lo fuese para los blancos. No atenúa el carácter criminal de su política. En todo caso, insistir en ello solo sirve para incrementar el antisemitismo, porque hace cómplices de la masacre a los votantes de los racistas e integristas que gobiernan Israel. Las democracias no tienen patente de corso para violar las convenciones y tratados internacionales, para conquistar territorios por la fuerza, para robar las tierras y destruir las casas de la población de las zonas que ocupan, para destrozar sus infraestructuras y conducirla a la miseria, para disparar contra ella y encarcelarla sin juicio, para condenarla a la hambruna.
Hay que pasar de las palabras a los hechos, exigir que los gobiernos que conserven un mínimo de dignidad y defiendan con sinceridad los valores democráticos, los derechos humanos, impongan sanciones serias, no de mero maquillaje, a Israel. Una intervención militar para poner fin a la barbarie no es posible si no la protagoniza o autoriza Estados Unidos, algo que no sucederá, pero sí se pueden hacer muchas otras cosas. Bien están, aunque tardías y limitadas, las iniciativas del gobierno español, pero son insuficientes. Leo en la prensa italiana del lunes que el centroizquierda prepara una manifestación de apoyo a Gaza, tampoco es mucho, pero quizá anuncie que algo comienza a moverse. Si no se frena a Netanyahu, veremos una gigantesca limpieza étnica, acompañada de la mayor brutalidad. Se impondrá el sueño expansionista del neofascismo judío y terminará la posibilidad de la convivencia de dos Estados en Palestina. No seamos cómplices del crimen.
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