No resulta fácil escribir con serenidad cuando se asiste, perplejo, al desmoronamiento de los pilares básicos de la convivencia democrática. Lo advertí hace tiempo con tono comedido, huyendo del catastrofismo gratuito, pero con la convicción de quien observa con preocupación cómo la radicalización política, el populismo autoritario y el adoctrinamiento están resquebrajando el contrato social y amenazando gravemente la paz y la estabilidad mundial.
Los recientes acontecimientos internacionales —la deriva antidemocrática de algunos gobiernos, el uso irresponsable de la violencia verbal en el discurso público, los tambores de guerra comercial y armada, y el avance del neofascismo— son señales inequívocas de que hemos entrado en una etapa de regresión civilizatoria. Una etapa que recuerda, con alarmante similitud, los años 30 del siglo XX.
En este contexto, resulta doloroso constatar cómo determinadas formaciones políticas no sólo asumen sin rubor los postulados más reaccionarios del trumpismo, sino que los convierten en bandera de su «patriotismo» tergiversado. Las políticas arancelarias de Trump —abiertamente lesivas para los intereses económicos y geoestratégicos de España y de la Unión Europea— pone de manifiesto hasta qué punto determinados representantes políticos anteponen su ideología y los intereses partidistas al bien común. Es, ni más ni menos, que una traición a la patria que dicen defender. Una ignominia que causa vergüenza ajena.
Pero más allá de señalar las conductas de quienes ocupan irresponsablemente las instituciones democráticas, hay una reflexión ineludible que interpela directamente al pueblo soberano. Porque la democracia no se construye únicamente desde las élites políticas. La democracia, como decía Norberto Bobbio, exige una ciudadanía crítica, formada, activa y comprometida. Y ahí reside uno de los problemas más graves de nuestro tiempo.
Vivimos en la era de la sobreinformación, donde el acceso al conocimiento es más fácil que nunca. Sin embargo, millones de personas optan deliberadamente por infoxicarse, por no contrastar fuentes, por no pensar. Prefieren consumir mensajes simples, eslóganes incendiarios, falsedades envueltas en memes y teorías conspirativas. Se refugian en burbujas ideológicas que refuerzan sus prejuicios, como si la política fuera una religión y no un espacio racional de deliberación. Se aferran a una suerte de «cerebro vago» —como bien describe la neurociencia— que evita el esfuerzo de analizar, de cuestionar, de revisar sus convicciones.
Ese «fanatismo light» se convierte en el caldo de cultivo perfecto para la manipulación. Las grandes corporaciones mediáticas, los algoritmos de las redes sociales, los líderes populistas… todos se benefician de una ciudadanía desactivada intelectualmente, emocionalmente polarizada y cada vez más ajena a la complejidad del mundo real. Y así, votan contra sus propios intereses sin saberlo —o sabiéndolo pero convencidos por una ideología emocionalmente asumida—, sin pensar en las consecuencias colectivas de sus decisiones.
Sin embargo, no todo puede achacarse al poder de la propaganda. Existe también una responsabilidad moral, ética y jurídica del ciudadano en democracia. Votar no es un acto mecánico ni irreflexivo. Es una delegación temporal de poder con efectos jurídicos reales sobre la vida de millones de personas. Implica una obligación de informarse, de contrastar, de pensar en el interés general.
No es admisible seguir justificando el ascenso de la extrema derecha, el negacionismo climático, el retroceso en derechos sociales o el autoritarismo emergente con la coartada de la manipulación mediática. Sí, esa manipulación existe y es poderosa, pero también existe la voluntad, la inteligencia, la sensibilidad y la conciencia de cada individuo. La democracia, como decía Churchill, es el peor sistema de gobierno... salvo todos los demás. Por eso mismo, no podemos permitir que sea secuestrada por quienes la desprecian ni por quienes se amparan en ella para destruirla desde dentro.
España, Europa y el mundo atraviesan un momento crítico. Estamos ante una encrucijada histórica. O recuperamos el sentido común democrático, el compromiso con la verdad y la ética de la responsabilidad ciudadana, o nos deslizamos irremediablemente hacia un abismo autoritario cuyas consecuencias, como bien sabemos por la historia, pueden ser catastróficas.
No es una exageración. Es una advertencia. Como demócrata convencido, me veo en la obligación de alzar la voz, aunque sea incómodo, aunque duela, aunque no sea popular. Porque la indiferencia, la tibieza y el silencio ya no son opciones. «Cuando el pueblo prefiere la comodidad de la mentira al esfuerzo de la verdad, la democracia se convierte en un susurro que se ahoga entre los gritos del fanatismo».
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