El domingo, 25 de mayo, en compañía de un escritor, me acordé de las ocas y de sus «oquitos», trascurrido el empollamiento o la incubación, tan femenina, de huevos. Es verdad, las ocas del Campo de San Francisco de Oviedo, siempre fueron minoritarias, muy de vieja clase como la del Tenis de antes. Oviedo, siempre fue más ciudad de patos, los cuales, cerca de la Rosaleda, agitaban sus cabezas con pico, buscando bajo el agua «no se qué», y agitaban las patas al aire, como dándose prisa. Los patos, como muchos cortos de patas, las rodillas parecen tenerlas muy abajo, en los tobillos.
Oviedo fue ciudad de patos, de patosos, y de algún que otro patán, merodeando para ser vistos, pues llegaron de la aldea a la Capital, por las inmediaciones del Auditorio musical, en otoño de reyes, zarzuelas y otras músicas, con premios de propaganda para la Casa. Y Oviedo -no se olvide- también fue ciudad de caballitos por lo del Asturcón para ocio del alcalde que pasó, por los jardines de La Herradura y el Hípico de San Lázaro, que bendijo un cura de cabeza enorme, que con todo rozaba, que ya lo advertía el apellido, siendo párroco de la Iglesia de San Francisco, el Grande, y no «la Grande y Una», aunque cerca se instalase «La Nueva España». Y desde La Manjoya bajaban a Oviedo burros y burras, en tanto número, que parecían manada.
Este domingo, 1 de junio, cada vez es más próxima la nombrada Fiesta de Doña Velasquita Giráldez, bienhechora de sastres y de aprendices de las más altas costuras y de las más bajas. Y es que la Fiesta de la ovetense dama, cada vez es más esperada; de espera cada vez más apremiante, por lo de los pregones y gorgoritos filarmónicos, los ruidos de tijeras y los centímetros amarillos, que parecían sierpes venenosas del color de las «sacaveras», vendido todo o revendido en «La Más Barata», comercio local que fue de botonería acreditada, de imperdibles y alfileres, en la principal calle ovetense de Cimadevilla, localizada casi enfrente del Bar Sevilla, el de la ensaladilla azul, no como la de Mero, el del California, (y nada que ver con el Bar Azul, marisquería y con suelos de serrín, al principio de San Francisco, junto a la Heladería Los italiano, ya en La Escandalera, especializada en nata montada. Es natural que, por todo lo anterior, las radios ovetenses anunciasen: «Tres cosas hay en Asturias de fama mundial: la farola gijonesa, la ovetense catedral y las famosas tijeras de don Evaristo Carbajal».
Pero la Fiesta de Doña Velesquita es también muy propia para recordar a tantos fantasmas, faunos, duendes y hasta hadas, personajes tan ovetenses, aunque sean de continuas melancolías, que están junto a nosotros escondidos entre bambalinas finas, y que los expertos atribuyen con cuerpos de «nubes condensadas», como la misma leche, o de «aire coagulado»; unas frialdades comprobables transitando por la calle del canónigo Martínez Marina, el de lo de Cádiz, hasta la del Suboficial Noval, que no llamo Cabo para no denigrar, en mañana fría de invierno con guantes y pasamontañas.
Y esto de que Oviedo esté tan poblado de fantasmas, antes y ahora, mucho más de lo imaginable, según ciencia del RIDEA, es de tal dimensión que sólo el tiempo lo aclarara. Cuentan que sobre quién más supo, fue un tal Robert Kirk, que ni vino a Oviedo de Italia, donde hacía helados, ni de Alemania, donde cocía chocolates, en refugio partisano después de lo de la II Guerra Mundial. Y es que Robert Kirk, como Clarín, a punto estuvo de ser nombrado ministro presbiteriano de Escocia, e introdujo el Boby Kirk en Oviedo los llamados the pipes and drums of the Great Scottish Regiments. Lo funerario de San Esteban de las Cruces, fue como el Castillo de Edimburgo, siempre superador por sus gaitas (pipes) al Sagrado Corazón, en el Naranco. Y lo de los sastres, doña Velasquita, lo de los aprendices y lo de la Virgen, todo muy de clase media, fue más reciente.
Tranquilo permanecí con las ocas, de enormes huevos como puñeterías de fedatario, cuando, de repente, por literatura penal del magistrado Manolo Marchena, en forma de sentencia de lo criminal, me enteré del plural y continuado asesinato de 170 ocas por un empresario de pretensiones de «ecológista», de Córdoba, que es España y no África. Cuando por primera vez leí el capítulo XIX de «La Odisea», ya me pareció una barbaridad lo de la muerte de veinte ocas por mordedura de águila, según la soñadora Penélope contó a Odiseo. El sueño entero, dice ella, esposa fiel, fue así:
«Soñé que un águila bajaba volando desde la montaña y clavaba su enorme pico en el cuello de cada una de las veinte ocas, hasta matarlas. Luego alzaba el vuelo y las dejaba muertas en el corral. Mis doncellas acudieron al oírme llorar en sueños por la muerte de mis ocas. Luego volvía el águila, se posaba en una viga, me hablaba con voz humana y me pedía que dejara de llorar: Ten valor, hija de Icario, esto no es un sueño, sino una visión de buen augurio, que sin duda ha de cumplirse. Las ocas son los pretendientes, y yo no soy un águila, sino tu marido que he vuelto contigo y haré que esos pretendientes tengan un final deshonroso».
Ese fue el sueño entero, habiendo siempre sabido que lo de las muertes de las veinte ocas fue un sueño, una mentira, como sueño y mentira, fue que el águila hablara en cristiano a la griega de Ítaca, antecesora de la otra griega Sofía, reina de España, y también esposa fidelísima del «Odiseo» Borbón (no confundir con Barbón). Lo de saber la muerte de las 170 ocas -como ahora se dice- «no estaba descontado». Lo más importante no fue el sueño de PENÉLOPE, contándolo a su marido tan esperado, antes de saber que él era el tal, el esposo, sino lo que ella le aseguró previamente: «Mientras estés aquí y me hables, señor, -dijo Penélope-, no tengo deseos de volver a la cama».
Esto último es interesante. Los comentaristas lo consideran como una prueba más de las enormes habilidades de Ulises, el trapacero, el astuto y el engañador de las mil tretas. ¿Cuántas esposas serán hoy capaces de confesar, escuchando las cosas maravillosas de sus cónyuges, que perderán ellas hasta ganas de ir a la cama y dormir?
No sé el número de veces que habré leído en los últimos cantos de La Odisea los «interesantes diálogos» entre Odiseo, ya en el Palacio de Ítaca, y Penélope, así como las cuidadosas labores de acicalamiento de éste o de psicoestética, antes de ser presentado a Penélope, ya sin pretendientes, con tocamientos de jugueterías. Y es que cada vez se me ocurren cosas nuevas. La cabeza de Ulises ya me empezó a interesar en el canto XXII, en el que se cuenta: «Cuando a Ulises se le terminaron las flechas y dejó de matar a los pretendientes, en la bella cabeza se puso un casco coronado con un penacho de pelo de caballo que se movía amenazador en lo alto, y cogió dos terribles lanzas de punta de bronce».
Ese párrafo, a buen seguro, merecería el comentario científico de mi amigo, Ramiro, psico/estéta, del que todo es ventura, incluso la calle de su negocio, la de Ventura Rodríguez, en Oviedo. Mi querido amigo Ramiro, con el que tanto hablo; él tan premiado y yo tan poco; él de profesión seria, de imagen y de imaginería, no como las mías, Ramiro es un imaginaria, recuérdese el comienzo de mi anterior artículo), y debería analizar, además, en clave psicoestética, con o sin Freud, lo siguiente, que se cuenta en el canto XXIII de la Odisea:
«La criada principal, Eurímone, lavó y ungió a Ulises y le dio un manto y una túnica. Atenea hizo que pareciera más alto y más fuerte, también hizo que el pelo creciera más espeso en su cabeza y que cayera en rizos como flores de Jacinto; le embelleció los hombros y la cabeza igual que un hábil artesano que ha estudiado todas las artes con Hefasto o Atenea- y cuya obra es bellísima, enriquece un objeto de plata al dorarlo».
Yo que no me atrevo a «meter pluma» en cosas tan sensibles y delicadas, tampoco a base de tijeras como las de Doña Velasquita, pues las tijeras de peluquería son de tanto cuidado como las de los sastres o las de las sastras; lo mantengo en reserva para la pluma exclusiva, también con gramática, de estilo ramirense, ovetense, él, aunque también de Moreda. Lo del penacho a base de pelo de caballo es muy interesante, debiendo señalar ahora que hay mucho misterio en esa pócima para hacer que el pelo crezca más espeso y caiga, en forma de rizos, como flores de jacinto. Por cierto, que lo de caer el pelo en forma de rizos es un simple consuelo o estratagema; y dar con la pócima pudiera hacer a Ramiro más rico que Trump. Y no hay empeño psicoestético de más éxito que lo de la divina Atenea, que hizo a Odiseo ser más fuerte, incluso más alto.
Y como voy a escribir de chinos, pido a mis ocas, que son tartamudas, que no me abandonen, pues necesito ruidos y jaleos, ya que los chinos imperiales y comunistas, sabiéndolo todo, son mudos como si estuvieran muertos. Y son atractivos, pues a diferencia de Putin y Trump, no rivalizan en ser los más ricos del mundo, o sea, en ser los más sinvergüenzas. Y es que vivimos unos extraños tiempos en que se hace ostentación de lo que debería ser muy callado; casi de retiro, de retrete.
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