Cuando el voto se convierte en resignación y no en esperanza, urge una catarsis democrática. El pueblo español no merece elegir entre la corrupción y la regresión.
«No hay mayor tiranía que la que se ejerce bajo el amparo de las leyes y en nombre de la justicia». Montesquieu.
Los ciudadanos españoles se encuentran, en su caso una vez más, ante una encrucijada electoral sin salida digna, un laberinto político que los aboca a elegir entre opciones viciadas, contaminadas por la mediocridad, el clientelismo, la corrupción o el miedo. Entre la espada de la desafección y la pared de la polarización, entre Guatemala y Guatepeor, como decía el viejo dicho popular. Y lo más trágico: ninguna opción parece encarnar con solvencia el ideal democrático de honestidad, competencia y vocación de servicio público.
Recientemente, se ha visto cómo el Secretario de Organización, Sr. Cerdán, del principal partido del Gobierno —PSOE— tuvo que dimitir tras un contundente informe de la UCO que apunta a irregularidades intolerables. Antes fueron Koldo y Ábalos, con su red de contratos opacos en plena pandemia. Y aunque el presidente haya pedido perdón, y aunque el balance legislativo tenga luces innegables (datos de la economía y el empleo, subida del SMI, revalorización de pensiones, reducción de la jornada, reformas laborales pactadas, activación de los ERTE como instrumento clave para salvaguardar el empleo y proteger a los sectores más vulnerables ante el colapso económico, etc.), la ciudadanía percibe un poder contaminado, agotado moralmente y carente de renovación ética.
La alternativa, sin embargo, lejos de suscitar esperanza o confianza, genera aún mayor inquietud democrática. El PP, inmerso estructuralmente en escándalos de corrupción histórica aún sin depurar, ha erigido como líder al Sr. Feijóo, quien, desde su rol en la oposición, votó sistemáticamente contra la revalorización de las pensiones conforme al IPC y contra las sucesivas subidas del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), medidas esenciales para la dignidad de millones de ciudadanos. Cabe recordar que dicho dirigente alcanzó la presidencia del partido no mediante un proceso de renovación limpia, sino tras la defenestración interna de su antecesor, Sr. Casado, quien fue apartado por atreverse a denunciar públicamente la presunta corrupción del entorno de la presidenta del PP de Madrid, Sra. Ayuso. Es decir, no se premió la valentía ética, sino que se castigó el intento de regeneración desde dentro.
A ello se suma la alianza tácita de Feijóo con figuras profundamente cuestionadas como el Sr. Mazón, presidente de la Generalitat Valenciana, cuya gestión durante la DANA de 2023 fue calificada por numerosos analistas como desastrosa. En aquel episodio, 228 personas fallecieron en la Comunidad Valenciana sin que se activara eficazmente el sistema nacional de alerta de emergencia Ex-Alert, cuya existencia incluso fue ignorada públicamente por su propia consejera de Interior, demostrando una negligencia institucional de consecuencias fatales. Hasta la fecha, ni Mazón ni su gabinete han ofrecido explicaciones claras sobre su paradero y actuación durante las horas críticas de la tragedia.
Este perfil político no se corresponde con la exigencia ciudadana de rigor, empatía y solvencia en la gestión pública. Al contrario, refleja un modelo de poder autorreferencial, basado en lealtades internas, ocultación de responsabilidades y continuismo en las prácticas opacas, lo que imposibilita cualquier esperanza real de regeneración institucional desde dicha formación. Si se pretendía ofrecer una alternativa creíble al actual Gobierno, los hechos demuestran que el PP de Feijóo ni ha roto con el pasado ni ha proyectado una visión distinta: sigue atado a los mismos vicios estructurales y estrategias de blindaje frente a la transparencia y la rendición de cuentas.
Tampoco ayuda el ejemplo de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, cuyo entorno más íntimo —su pareja— está siendo investigado por fraude fiscal, falsedad documental y enriquecimiento con mascarillas mientras el pueblo sufría. Añadamos los protocolos de la vergüenza que dejaron a personas mayores morir sin atención médica en residencias, y la red de amiguismo y opacidad que caracteriza su gestión.
El PP sigue cargando con la mochila del «Luis, sé fuerte», los discos duros triturados a martillazos, las tramas Gürtel, Púnica, Lezo, los sobres, las sedes compradas en negro y el negacionismo institucional. A ello se suma Vox, fuerza ultraderechista con discursos xenófobos, negacionistas del cambio climático, antiigualitarios y contraria a los derechos fundamentales, además de sus propios escándalos económicos y financiación opaca. Sirva como paradigma de su forma de entender la política el caso del exdiputado autonómico y portavoz parlamentario en Andalucía, que accedió al escaño —y por tanto al aforamiento— tras ser imputado por presunto fraude millonario en subvenciones, trasladando la causa desde la Fiscalía provincial al Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, y lo que una magistrada ha calificado de «fraude de ley» destinado a esquivar la justicia ordinaria».
¿Qué salida tiene entonces el ciudadano? ¿Cómo votar con dignidad entre siglas que no representan valores sino estructuras de poder?
La única vía posible es una regeneración democrática profunda y valiente. Una catarsis institucional que pase por: Listas abiertas reales y limitación de mandatos. Inhabilitación automática para cargos públicos condenados por corrupción. Reforma del sistema de partidos para introducir democracia interna, transparencia financiera y responsabilidad ética. Reforzamiento del papel del Parlamento, la inspección fiscal, la judicatura independiente y la prensa libre. Educación cívica estructural, que forme generaciones críticas, con pensamiento autónomo, comprometidas con el bien común.
Pero sobre todo, una nueva cultura política, que devuelva a la palabra «política» su significado originario: el arte de lo justo y lo común, y no el de la supervivencia partidista o el cinismo profesional.
El pueblo español ha demostrado siempre una enorme capacidad de resistencia y dignidad. No merece elegir entre corruptos profesionales, nostálgicos del autoritarismo, oportunistas sin principios, gestores negligentes, mentirosos sin escrúpulos, manipuladores emocionales, mercaderes del miedo ni aprendices de caudillo disfrazados de regeneradores. Merece instituciones limpias, líderes decentes y políticas que sirvan para vivir mejor, no para sobrevivir peor.
«No heredamos la democracia de nuestros padres: la tomamos prestada de nuestros hijos». Lema del Parlamento Ético Mundial, año 2225. Utopía de JLA.
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