El Oviedo ha puesto fin a su largo éxodo, una larga migración por ligas dolorosas, barro y frustraciones. El sustento que ha permitido este regreso de tintes mitológicos, homéricos, ha sido una afición extraordinaria, un colectivo incapaz de entender ciertos vocablos: desaliento, desánimo, abatimiento, derrotismo. Varias generaciones desoyeron durante 24 años las invitaciones de las sirenas y se negaron a tirar la toalla. Quizá porque el fútbol es un sentimiento, una emoción que se impregna en el ADN, que te transporta a la edad de oro de tus abuelos, que discurre por la médula espinal de manera inexplicable. El fútbol forma parte de la identidad de un pueblo, tan certera como la patria de algunos o el linaje de otros. El Oviedo forma parte de ese magma, inasible.
Pero estas verdades, que nos llevan desde Odiseo hasta Cazorla, pasando por Penélope o Herrerita, tuvieron sus Polifemos y Gabinos: enemigos que la historia se debe llevar por delante.
O no. El posiblemente peor alcalde de la historia de Oviedo, el mismo que empufó la ciudad con una deuda millonaria y la llenó de mamotretos infumables, alabado por medios de comunicación y periodistas a los que alimentó y regó hasta la náusea, intentó dinamitar ese sentimiento en aquella operación del Astur C.F. ¿Lo recuerdan? Una traición legendaria, como la de Jasón a Medea. De Lorenzo fue apoyado entonces por algunos estúpidos, ahora arrepentidos, que se dejaron llevar por la marea de influencias, esa red de intereses que Gabino de Lorenzo, exregidor de Oviedo, tejió durante años. Quizá sea momento de no olvidar, de tener memoria.
Porque los relatos de largos éxodos surgen así y se deben contar así, de padres a hijos, con sus puntos y sus comas, sus brumas. Los relatos se extienden por el tiempo e irrigan las memoria colectiva.
Y este cuento tan hermoso, con final feliz, en la que una afición inquebrantable recibe la ayuda de un país lejano y cercano (el amigo mexicano) y juntos sortean todos los obstáculos, no debe orillar nunca ese lado oscuro que maniobró en el peor instante, que acuchilló por la espalda, que zancadilleó a ras de suelo.
Qué sería de las grandes historias sin los personajes infames.
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